¿Le gustaría conocer su futuro?

Ciudad de México /
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Gil deambulaba por el amplísimo estudio y leía en los lomos de sus libros títulos diversos y adversos. Uno de ellos lo atrajo como la abeja a la miel, o como se diga: Hitchcock por Hitchcock. Escritos y entrevistas (El Cuenco de Plata, 2016). Los ensayos y las entrevistas, grandes lecciones de cine, pero sobre todo de inteligencia. Gil arroja un puñado de iluminaciones a esta página del fondo.

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¿Les gustaría ser capaces de predecir el futuro? Pues no sé si sabían, pero los directores de cine lo pueden hacer. Al realizar una película, toman una imitación de un trozo de vida en sus manos y lo organizan como quieren. Saben, desde la primera escena, exactamente qué va a pasar en la última.

Ahora bien, esta es una facultad casi divina. Le da al director un gran sentido de poder. Pero presenta un pequeñísimo problema. El director de cine no está trabajando con algo real. Es sintético. No es la vida misma. Es sólo una imitación de la vida.

En la vida real, podemos planificar y tomar precauciones, y esperar que estas sucedan de cierta forma. Pero nunca podemos estar seguros. Y a veces me pregunto por qué, cuando tratamos con demasiadas ganas de controlar el futuro, recibimos una conmoción desagradable.

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Me topé con esa dura realidad al comienzo de mi carrera. Ocurrió en Londres cuando todavía no había cumplido 30 años: era joven, desconocido, pero muy astuto… o eso pensaba. Había entrado en el mundo del cine por la puerta trasera. Primero diseñé rótulos; luego fui montajista, guionista, escenógrafo y productor, y por último dirigí unas cuantas películas menores. Cuando un importante estudio británico me dio la oportunidad de elegir mi propia historia y dirigirla, estaba seguro de que sostenía el futuro, tanto dentro de la película como fuera de ella, en la palma de la mano.

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En la vida, si supiéramos el resultado de todo, no sentiríamos ningún placer de vivir. ¿Cuál sería la emoción de ir a un partido de beisbol si conociéramos de antemano qué equipo va a ganar? ¿Por qué ir a pescar si ya sabemos que vamos (o no) a atrapar algo?

Lo desconocido resulta atractivo precisamente porque es un misterio.

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Así que, al mantener oculto el futuro, Dios está diciendo que las cosas serían más aburridas sin suspenso. Pero creo que tiene un motivo más profundo que ese al negarnos saber qué depara el futuro.

¿Recuerdan la historia del rey que se hizo amigo de un mago, quien le concedió dos deseos? Su primer deseo fue ver el futuro en su totalidad. Pero cuando el rey vio el dolor, la miseria y la muerte, juntos con todas las cosas bellas que estaban por venir, de inmediato pidió su segundo deseo: que el futuro se ocultara nuevamente. “No sabía que ya tenía el mejor regalo de todos”, explicó: “el regalo de un futuro incierto”

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Y así he llegado a pensar que el futuro incierto es uno de los regalos más misericordiosos y emocionantes que nos ha dado Dios. Sin él, no habría nada que esperar; peor, no habría nada que desear. En todo caso, nos guste o no, tendremos que vivir con ese hecho.

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Cómo vivimos con esto depende de nosotros. Podemos vivir en un estado de constante ansiedad por el futuro, siempre temerosos de que, a la larga, el malo va a ganar, la injusticia va a triunfar y la humanidad se autodestruirá.

O podemos usar el regalo de formas creativas; ayudar a que ganen los hombres de buena voluntad y que triunfe la justicia y creer en que el drama del hombre terminará en felicidad.

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Sí, lo mejor del futuro es que se revela un día a la vez. Y, todos los días, doy gracias al cielo porque el mañana no pertenece a ningún hombre”.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta la botella de Grey Goose, Gamés pondrá a circular las frases de Hitchcock sobre el mantel tan blanco: “Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación”. 

Gil s’en va


  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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