Savater

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Gil cerraba la semana hecho un jirón. Caminó sobre la duela de cedro blanco como si tuviera 963 años. Y encontró Despierta y lee, Sobre vivir y Mira por dónde. Autobiografía razonada (Alfaguara, 2000; Ariel, 1995; Taurus, 2003, respectivamente) de Fernando Savater. Gilga encontró sus viejos subrayados y los puso aquí en esta página del directorio.

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En mi caso, el goce esencial es leer. […] Pero como sólo por leer no pagan, me tuve que resignar a escribir: una actividad no precisamente desagradable, pero desde luego incomparable con la suprema libertad absorta de la lectura. A la escritura pragmática me he sometido siempre de modo nada caprichoso: soy muy disciplinado cuando se trata de evitar hacer lo que no me apetece y nunca escribo cien páginas si me han pedido dos ni compongo sonetos mallarmeanos en lugar de artículos inteligibles. Me privo fácilmente del placer costoso de dar síntomas constantes de genialidad.

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Cuando yo comencé a escribir, siendo muy joven, estaba obsesionado por la voluntad de estilo. No sé dónde había aprendido ese estribillo, ni tampoco creo que tuviese medianamente claro lo que quería decir con él, pero no se me caía de la boca ni del bolígrafo […] quienes se esfuerzan por tener un estilo, quienes padecen esa voluntad de estilo que antaño me pareció tan esencial, escriben pendientes no de lo que quieren decir —muy bien pueden no querer decir nada—, sino sólo de los efectos idiosincrásicos que producirá en el lector su forma de decirlo.

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Cuando abandoné la voluntad de estilo, me propuse algo más difícil todavía: escribir como todo el mundo. Es decir, como todo el mundo si todo el mundo supiera decir por escrito lo que piensa con perfecta naturalidad, tal como le apetece en cada momento, a veces de modo risueño, otras patéticamente, frío o cálido a voluntad…, pero sin voluntad estilística. No hace falta decir que tampoco este objetivo me ha sido concedido, aunque nunca he dejado totalmente de esforzarme por lograrlo. Al final la pereza decidió por mí y ahora mayormente escribo como me sale, procurando evitar tan sólo los más notorios despistes sintácticos o semánticos y no repetir tres veces la misma palabra en una sola línea. Lo cual lleva también su trabajo, es justo decirlo.

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Alguna vez, creyendo ofenderme, han dicho de mí que yo no soy un filósofo, sino un periodista. A mucha honra. La verdad es que no soy un filósofo, sino un philosophe, con minúscula y si es posible en francés del ilustrado siglo XVIII. Cuando llegue el momento de separar el trigo de la cizaña, quiero que me envíen por indigno que sea junto a Montaigne, Voltaire, Camus o Cioran. Junto a Hegel o Heidegger me aburriría demasiado. Para ser filósofo no sólo me falta talento sino que me sobra guasa antisolemne o, si se prefiere, alegría escéptica.

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Creo que sólo llegan a escribir bien quienes están demasiado ocupados haciéndolo como para obsesionarse por escribir, ante todo, bien. Por cierto que de aquí proviene la diferencia básica de mis obras con las que escriben la mayoría de mis colegas: yo soy un escritor que también da clases de filosofía, ahora que han vuelto a dejarme, pero ellos son profesores que escriben libros. Y eso se nota. Lo notan los lectores, sobre todo.

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Pese a las alarmas de los catastrofistas, no dudo de que hoy muchos jóvenes siguen leyendo; pero ignoro si los libros aún significan para ellos —en este mundo de videojuegos y cruceros por Internet— lo mismo que supusieron antaño para algunos fanáticos de su misma edad: sólo puedo dar fe de que entonces eran una aventura, nuestra fiesta mayor, delicia y riesgo.

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Toda experiencia, cuando reclama ser contada, se hace forzosamente fantástica; sólo la fantasía comprende lo que de la experiencia puede contarse, lo que en la experiencia quiere ser contado. Y eso que se cuenta, el puro cuento, es verdad.

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El intelectual, en una palabra, no es sencillamente un escritor ni tampoco un artista en el sentido más específico y rutilante de la palabra. Es algo más y algo menos: una combinación de portavoz y librepensador.

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Hay tanto peligro de decepción en releer a autores predilectos de nuestra adolescencia como al encontrar otra vez a amigos del colegio o de la “mili” y por razones idénticas: desaparecida la intimidad casi forzosamente entrañable de una situación subjetiva o social que no ha de volver, lo que fue fascinación es ahora fastidio y los detalles más exaltantes de antaño empalagan como golosinas pringosas y baratas. Claro que también hay autores y amigos que pasan la prueba del reencuentro: esos ya son jubilosamente nuestros para siempre.

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Con los años aumenta el orgullo y por tanto disminuye la vanidad: uno se da cuenta de la dosis de humillación benévola que implica recibir honores públicos, no digamos ya buscarlos. En cualquier homenaje siempre me siento como un rehén.

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Muchas veces, tras publicar alguno de mis artículos (que son, de toda mi obra, lo que más aprecio) alguien me ha dicho que me lo agradecía, porque allí se reflejaba su pensamiento pero con las palabras que le habían faltado para expresarlo. He tenido la suerte de que siempre haya habido bastantes de esos cordiales agradecidos; suficientes, en todo caso, para continuar siendo simple philosophe mejor que Filósofo.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el camarero se acerca con la bandeja que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular las frases de William Somerset Maugham por el mantel tan blanco: Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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