El primer trimestre del año nos presenta un escenario complicado para el avance de la economía. Con las complicaciones derivadas de la guerra en Medio Oriente, América Latina se enfrenta no sólo a las limitaciones del crecimiento insuficiente sino a los riesgos inflacionarios que amenazan con encarecer los precios por encima de las posibilidades adquisitivas de millones de personas. Mientras la Comisión Económica para América Latina (Cepal) estima que la región crecerá 2.3 por ciento en 2026, las cifras de inflación en la mayoría de los países es muy superior, lo cual significa que la generación de riqueza es menor a la suba de los precios.
En el caso mexicano el escenario se muestra similar: los pronósticos de crecimiento han mejorado levemente hasta ubicarse entre 1.3 y 1.8 por ciento en 2026 pero al mismo tiempo la inflación dio un salto y se ubicó en 4.63 por ciento interanual en la primera quincena del mes de marzo. Es decir, en este momento el nivel de la suba de los precios es tres veces superior al nivel de crecimiento de la economía. Y además de esta relación desfavorable, sobre todo para los que viven en condiciones de pobreza, el escaso dinamismo interno deriva en una escasa generación de empleos formales y, por lo tanto, en el estancamiento de las posibilidades de mejoría de ingresos para las familias.
En una pintura general, la economía mexicana es lenta y se mueve en un contexto complicado marcado por las incertidumbres de la guerra, los aranceles, el encarecimiento del petróleo y los potenciales efectos inflacionarios. En este contexto de por sí complicado se encuentra también la revisión o renegociación del Tratado de México, Estados Unidos y Canadá (TMEC) que busca consolidar el bloque como un gran espacio comercial.
Dentro de las complejidades del momento internacional, uno de los aspectos preocupantes es que el dinamismo interno sigue siendo insuficiente para lograr que la economía crezca a tasas importantes que superen el cerco del 2 por ciento al año. Desde hace por lo menos tres décadas que la economía mexicana está entrampada en el crecimiento limitado y esto repercute en la cantidad y la calidad de los empleos generados, en los ingresos que no alcanzan frente a la suba de precios y en una movilidad social baja y estancada.
No es un problema reciente ni exclusivo de México. La mayoría de las economías latinoamericanas padecen de lo mismo. La gran pregunta es cómo romper este cerco que impide crecer a tasas importantes y lograr mejores resultados en cuanto al combate a la pobreza y la desigualdad. Hace falta el detonante que acelere las economías, que genere un impulso propio que permita superar las adversidades internacionales, y que sobre todo logre una proyección en el tiempo más allá de los resultados efímeros. Mientras no encontremos la fórmula hasta ahora esquiva, el panorama seguirá siendo similar: con economías lentas que tienen que maniobrar en entornos complejos y cambiantes.