En los últimos días, varios amigos me han sorprendido con declaraciones en el sentido de que les da vergüenza ser mexicanos. Sus palabras han sido una respuesta emocional al poco agraciado episodio de la visita de Donald Trump a México y a sus todavía menos agraciadas consecuencias.
Yo no soy un patriota intenso. No me da por agarrar la bandera nacional para agitarla entre gritos. Pero puedo decir que no me da vergüenza ser mexicano. Y aunque he soñado con irme a vivir a otro país, platicando con mi primo Homero cavilábamos sobre nuestras raíces y el deseo de vivir y morir en este país al que amamos.
Siguiendo la hebra de esa conversación, yo tengo que decir además que México es un país riquísimo. Estamos hundidos en el abismo de la disparidad social, nadie lo puede dudar, y aunque muchos lo dicen en broma, es cierto que México sigue adelante a pesar de lo mucho que lo han saqueado.
Cuando yo jugaba futbol americano nuestros entrenadores decían que si nos caíamos 20 veces, teníamos que levantarnos 21 veces. Algo así como Rocky. Y eso es lo que hace México una y otra vez, levantarse de entre las ruinas en que nos dejan las políticas equivocadas para mantenernos entre los países que, medio sancochados, como quiera seguimos adelante.
Los gringos tienen una canción que habla de Humpty Dumpty, un huevo que se cayó de una barda y se puso tal trancazo que se hizo pedazos y fue posible recomponerlo. Eso se debe a que Humpty Dumpty tal vez era un huevo duro, pero no era resiliente.
Ser resiliente significa ser no tanto huevo duro como una pelota, capaz de rebotar y rebotar. Significa superar la adversidad y salir adelante a veces hasta en mejores condiciones. Nuestro México querido es un país resiliente, no un país Humpty Dumpty.
En los Juegos Paralímpicos podemos ver ejemplos continuos de resiliencia personal: atletas que dejaron atrás todo complejo para competir exitosamente en el mundo. Como país tenemos la resiliencia, la capacidad de rebotar, pero todavía no dejamos atrás los complejos con que nos infecta el poder político. Dejemos atrás sus marrullerías virulentas para, a nivel personal primero y a nivel social después, rebotar y competir exitosamente, como lo hizo Eduardo Ávila en judo. Rebotemos y triunfemos, como personas y como país. Tenemos con qué.
horacio.salazar@milenio.com