El artista que alucinó con una casona

Ciudad de México /
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Este artista plástico siempre imaginó desde niño que en la capital del país, en el llamado Distrito Federal, había cosas, objetos, inmuebles y árboles que guardaban una historia.

Javier Avilés, ahora de 53 años, creció con esa idea, de modo que cada vez más se dedicó a observar lo que cruzaba en su paso y que, de manera especial, le originaba curiosidad.

Y así creció.

Una de esas fijaciones empezó cuando caminaba con su madre sobre la Calzada México-Tacuba, a la altura del Colegio Militar; era una casa frente a la que él siempre se detenía para observar con una inmensa curiosidad.

Javier quedaba absorto frente a lo que le parecía un misterioso inmueble que lo asustaba. Creía que ahí había espíritus; quizás duendes, de modo que creció con ese enigma en su cabeza.

Lo más sorprendente fue cuando su madre le confesó que en ese edificio había vivido ella cuando era niña.

Javier quedó sorprendido y bocetó en su memoria aquel secreto; y un día, ya de adulto, resuelto, regresó a sus recuerdos.

Y ahora ese mismo inmueble, pero convertido en un dibujo a lápiz, minucioso, preciso, está en su casa de la alcaldía Azcapotzalco, donde el artista nació hace 53 años.

Una casa, su domicilio, en la que tan pronto entramos nos vimos rodeados de obras de arte, sobre todo pinturas de inmuebles, y por un momento la imaginación nos transportó a otra época en la capital del país, rodeados de edificios grises de aquellos tiempos, pero con alguna que otra pincelada de color convertida en flores de árboles que crecían e un jardín contiguo, en una banqueta o en un patio. Era el único destello de color.

Son imágenes de edificaciones en gran formato, tan detalladas que parecen fotografías.

Y sin embargo su técnica no es lo que en el mundo del arte se conoce como hiperrealismo, aclara el artista, quien de entrada se declara autodidacta, porque, repite, él dibuja desde que era niño.

Por eso se considera un artista tardío.

Y es que fue a los 23 años cuando entró de lleno a la pintura, ya formalmente, y por eso su orgullo de ser lo que es.

—Y estudiaste…después.

—No, no estuve en ninguna academia de arte. No se dio la oportunidad, pero no por eso me desanimé y entonces me quise dedicar a la pintura; eso era lo mío.

—Bueno, hay grandes artistas que han sido autodidactas; de alguna manera todos somos autodidactas…

—Sí, sí, claro, todos necesitamos la enseñanza de alguien, de algún maestro, necesitamos consejos; y sí, sí los he tenido, he tomado varios talleres, he conocido varios maestros, pero en realidad toda es una formación mía.

—Porque lo hacías desde niño.

—Todo el tiempo dibujando…

—En la primaria, la secundaria.

—Todos mis cuadernos estaban llenos de rayones, de dibujos; los maestros me llamaban la atención, porque siempre estaba yo dibujando; entonces yo me apuraba a hacer todas las cosas de la escuela y después, como me sobraba tiempo, yo ponía a dibujar.

Y con el tiempo tuvo sus referentes, como los grandes ilustradores de revistas de la época, las portadas de discos, los cómics. Y fue en 1998 cuando empezó a formalizar su obra.

—¿Hubo alguien, un mentor?

—Fue cuando entré con un maestro, mi maestro Gustavo Jaimes, que lo conocí, y me dio la oportunidad de trabajar con él. Y ahí fue cuando empecé con mis obras.

—¿Y cuál es tu técnica favorita?

—Me encanta el lápiz; pero cada técnica tiene lo suyo, porque también me gusta el óleo, ese que mezcla los colores; la química, todo…Entonces no puedo decir cuál es la forma favorita, porque el dibujo alimenta mi pintura y mi pintura alimenta mi dibujo.

Y sí, se nota la mezcla, pues en algunos cuadros contrasta el color de plantas y flores con la mayoría de grises de los muros, lo que lleva a contemplar detalles del pincel y el lápiz.

“Yo pinto con una paleta muy grisácea, muy particular, mía, y elegí esa paleta porque la ciudad es muy gris”, dice. “Entonces no hay tantos colores vivos”.

—Te gusta dibujar edificios antiguos.

—Me encanta. O sea, antes dedicarme a esto, en la preparatoria, empecé a estudiar hacia el área de arquitectura. Mis padres querían que fuera arquitecto, pero desde joven nunca me vi tras una oficina.

Y ahí fue donde aprendió el uso de la perspectiva, y aunque también hace figura humana, prefirió fijar más su mirada en las construcciones, sobre todo las antiguas.

“Hasta que empecé mis primeros cuadros con edificios, pues dije: que aquí soy también. Traté de perfeccionarlos y lo fui logrando.

—Dices que no llegas al hiperrealismo, ¿verdad?

—Nooo, es una corriente y un estilo que realmente no —por un instante queda pensativo y continúa—, no me interesa llegar ahí; para hacer como una fotografía si ya…

—Ahí está la fotografía…

—Exacto, ahí está la fotografía.

Es el maestro Javier Avilés, un orgulloso Chintololo, como se dicen los oriundos de Azcapo, quien confiesa tener influencia de clásicos mexicanos como Saturnino Herrán y González Camarena, además del maestro Arturo Rivera, su amigo, y de los ilustradores de ciencia ficción y del arte pop de los setenta.



  • Humberto Ríos Navarrete
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