Los magos Merlín de la Portales

Ciudad de México /
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Una señora que visita de vez en cuando el mercado de la colonia Portales, en Ciudad de México, camina decidida entre un laberinto de puestos, con una encomienda muy especial, la de su retoño, y se detiene frente Disfraces Merlín.

—Maguitos, cómo están. Yo sé que ustedes nos van a ayudar para hacer el disfraz que quiere mi nieto.

—¿Y cómo lo quiere? — espeta Abraham, uno de los hermanos Curiel Bautista, propietarios del negocio.

—Mi nieto quiere uno de Godzilla, pero con la lumbre así, mire— dice la señora, quien cree diseñar con sus manos la figura que desea el retoño—. ¿Verdad que sí me lo pueden fabricar?

Y los hermanos aprueban con un gesto.

—Sí, claro— dicen.

—Ay, yo sabía que los maguitos no me podían fallar— comenta una abuela emocionada.

La anécdota viene a la memoria de Abraham, uno de los herederos del negocio, heredado por su papá, quien les contaba que uno de sus clientes, cuando lo veía cortando un lienzo, exclamaba:

—Oyes, mano, tú haces magia con la tela; se ve que la agarras y la cortas y hasta te pareces al Merlín, el mago de Disney.

Y de ahí surgió el nombre: Disfraces Merlín.

Porque, además, los clientes llegaban y le decían.

—Oyes, mago…

Y otros:

—Oyes, Merlín.

Por eso aquella señora, así como otros clientes y conocidos que pasan a saludarlos, los les dicen maguitos.

Y es que los hermanos Curiel, Abraham y Francisco, heredaron la destreza de su padre, quien, cuando los miraba trabajar, decía:

—“Son ustedes unas reatotas y en su casa no lo saben”.

Y los hermanos sonreían.

Y enseguida el padre añadía:

“Por eso ya me puedo morir tranquilo”.

(Alberto Curiel Segovia falleció en 2015).

Las evocaciones son compartidas por Abraham, quien recuerda que su padre los alentó para que aprendieran un oficio, pues eso les ayudaría en caso de no terminaran una carrera.

Disfraces Merlín está en el mercado de la colonia Portales, uno de los más populares de Ciudad de México.

En este mercado público, como en otros, venden una variedad de mercancías, pero no todos tienen un lugar donde confeccionan disfraces, vestuarios y hechuras de ropa, cuyos dueños aprendieron el oficio desde adolescentes.

Los hermanos Curiel tienen como vecino a su tío Ángel, quien se dedica a las composturas exprés.

Es temporada de disfraces y tienen mucho trabajo.

Y cuando es temporada baja, “le entramos a lo que es la compostura de ropa, porque a veces mi tío está saturado y nosotros le entramos al quite”, comenta Abraham, quien agrega: “El negocio está desde 1985, iniciado, como le comento, por mi papá, y nosotros ya trabajábamos con él, ayudándole.

Aquí está la foto del padre, quien llegó como empleado de otro negocio, vendiendo tela, y entonces él ofrecía el servicio de cortar el disfraz.

Y así empezó.

—¿Y qué le dio a tu papá por hacer disfraces?

—Fue, sobre todo, jalar clientela, pues al ver que la venta estaba baja y que su sueldo dependía de lo que vendieran, entonces empezó a motivar a la gente para que compraran más, dándoles ese servicio: el cortado de su disfraz, el cortado de la falda… Entonces él puso un letrero: “En la compra de la tela se les hace su disfraz”.

—¿Y cuál es la peculiaridad de ustedes?

—Que no hay limitantes. Podemos hacer los modelos que el cliente pida. Al principio pedían pijamas que salían en películas de Disney, y ahorita ya es más repertorio con los streaming, con Marvel, superhéroes, cómic, incluso ya he realizado con Inteligencia Artificial: la IA realiza un personaje original y nosotros podemos hacer el traje.

—¿Y qué es lo que más les piden?

—Están en auge los superhéroes y Anime, que es el cómic japonés. Y también hay gente que sigue arraigada a lo clásico. Te piden catrinas, que el catrín, que la calaverita, que la calabacita.

—¿Y cuál es la mejor temporada para ustedes?

—Esta temporada es un poco pesada porque cada quien te pide un disfraz individual, un poquito diferente, más detallado, para lucirse. Pero en realidad tenemos las fuertes en diciembre, en mayo para lo del 10, y julio, para la salida de los cursos.

—Hacen a la medida y únicos.

—Podemos garantizar que además del disfraz que se van a llevar no habrá otro igual, aunque nosotros volvamos a hacer ese mismo personaje. Porque lo vamos a hacer personalizado.

La propia clientela atestigua el trabajo, como una sonriente Leticia Rojas Velázquez, quien se dejó venir desde la mismísima Lagunilla. “Yo viene por mi vestido de Sally, que es de una película de Disney, El Mundo de Jack”, dice.

Y se va satisfecha, luego de medirse su disfraz y de rubricar con un silbido, al estilo del barrio, para luego añadir:

“Para ir enseñando a mis nietos que hay que festejar estas fechas…Empezando el día 31, con el jalogüin, que es de Estados Unidos, pero para divertirse, está bien, y sigue el día primero, que es el de los niños, y después el día 2…”

—Pero hay otro antes, ¿no?

—Ah, sí, se me olvidaba: El 27 de octubre hay que poner la veladora, porque es cuando vienen las almas de los perritos, nuestras mascotas, porque son parte de nuestras familias.

—¿Y después?

—A echar el desmadre.

Y se va con una carcajada, luego de lanzar un silbido, como diciendo que todo forma parte de la tradición.


  • Humberto Ríos Navarrete
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