A los que ganan dinero nunca se les llama locos, es cierto, pero también es verdad que algunas fortunas se construyen sobre las bases más inesperadas. Los romanos de la Antigüedad soñaban tan apasionadamente con hacerse ricos como nos sucede hoy a nosotros, sus descendientes. En una finca rescatada de la lava volcánica en la ciudad de Pompeya se ha encontrado una frase escrita sobre el pavimento con piezas de mosaico: “Bienvenidas, ganancias”. Y en una casita pequeñísima de la misma ciudad, donde el dinero parecía ser una quimera, todavía podemos leer el lema: “El lucro es un placer”.
Pues bien, un producto que hizo furor entre los romanos y que creó grandes patrimonios, lucrando a unos y dando placer a muchos, fue el garum. Se trataba de un hallazgo gastronómico, una salsa elaborada a base de entrañas de distintos pescados, como caballas o anchoas, que se ponían en salmuera y se dejaban un par de meses en una pila a fermentar y descomponerse al sol. A pesar de su olor penetrante, se atribuían al garum cualidades saludables, entre ellas excitar el apetito y facilitar la digestión. Se convirtió en un artículo de primera necesidad en la cocina romana y su condimento favorito. En época imperial se consideraba de calidad superior el garum fabricado en la ciudad de Cartagena, por el que se llegaron a pagar precios extraordinarios. En realidad, podemos afirmar que el garum fue el primer gran producto español que se impuso al mundo civilizado. Algo olía a podrido en el Imperio Romano, y curiosamente era un formidable negocio para sus fabricantes y distribuidores.