M+.- La historia del significado de las palabras es nuestra propia historia, pues la evolución del lenguaje es un espejo de nuestras ideas cambiantes. Una de las mutaciones más reveladoras es la del término “éxito”. En latín significaba “desenlace, salida” —de ahí el inglés “exit”—. En el pasado se asumía que nuestros afanes cosechan un resultado incierto: bueno, malo, o la mezcla de ambos. Todavía en el siglo XVIII, Moratín hablaba de “buen éxito” y “éxito infeliz”. Estos usos implican que la palabra era neutral, no dividía el mundo entre ganadores y perdedores, y por eso había que adjetivarla. En cambio hoy solo cabe un desenlace, el éxito triunfador, y esa victoria es nuestro oscuro objeto de deseo.
Durante siglos, el fracaso y lo irremediable se consideraban parte inseparable de la vida. “Vivir no es un pasatiempo delicado”, escribió Séneca. Sabía que todas las personas, incluso las mejor cobijadas, pagan peajes de pérdida y dolor. Veía que al nacer emprendemos un camino en el que es inevitable resbalar, tropezar, caer; y estas experiencias contienen valiosos mensajes de madurez y humanidad. En el mundo moderno, obsesionado por el progreso, la desgracia se volvió humillante e inaceptable. Así llegamos a los espejismos de nuestra época nerviosa, que predica con excesiva frecuencia la religión del final feliz y el éxito arrogante.