Las dos caras

  • Columna de Ivette Estrada
  • Ivette Estrada

Ciudad de México /

Existe un libro de magia que pasa desapercibido como tal: Historia de dos ciudades de Charles Dickens. Ahí se devela el poder creador de la percepción, pero también la dualidad que se imbrica en todos nuestros tejidos celulares, sin aceptar o negar las etiquetas maniqueístas.

Contravenir las leyes naturales es simple: no se requieren palabras prediseñadas, artilugios ni seres extraños, sólo modificar cómo vemos determinado elemento de la realidad. Es una tarea automática que siempre ejercemos, nos percatemos o no de ello. Una mariposa blanca no es sinónimo de alegría en sí mismo, pero algunos evocamos con ellas personas y le endilgamos el envidiado oficio de ser nexo entre la tierra y el cielo. Con ellas nos comunicamos con nuestros seres queridos que ya trascendieron.

La percepción es la criba más minuciosa de lo que representará para cada uno de nosotros la realidad. A través de ella conformamos nuestra verdad. Y esa percepción se conforma de pensamientos, significados y emociones. Al cambiar un pensamiento se modifica el entorno y sus impactos en nosotros.

Una frase que se atribuye al colombiano Gabriel García Márquez , es que la historia no es lo que vivimos sino aquello que recordamos y más aún, cómo lo contamos. De ahí que dos hermanos del mismo padre y madre, contemporáneos, tengan historias de infancia tan divergentes entre sí.

La verdad es tan infinita como personas existen. Se mira bajo el lente de nuestras experiencias, credos y vivencias. Pero también de los valores heredados y de aquellos que adquirimos al paso de los días.

¿Y qué tiene que ver la dualidad con la magia? Que quien no se reconoce como un ser lleno de luces y sombras, si no se acepta integralmente, si se rehúsa a admitir quién y cómo es, será incapaz de crear el entorno que desea.

No es algo tan radical como la convivencia mimetizada entre el Doctor Jekli y Mister Hyde. Se trata de algo más sutil y aparentemente anodino que contraviene, no obstante, la noción simplista de quienes somos. Por ejemplo, tendemos a catalogarnos como buenas personas y esto implica, necesariamente, adjudicarnos otras características como complacencia, dulzura, aceptación…y olvidar características como pasión, vehemencia, autoafirmación e incluso respeto.

Podemos mantener la careta simplista de bondad por un breve tiempo. Pero cuando detectamos abuso, por ejemplo, se marcarán límites y es posible que se adquieran epítetos de irascible, intolerante o grosero. Eso no tendrá mayor relevancia si no nos afecta. Pero si nos parece una respuesta excesiva, inusitada o descabellada, es peligroso porque eso implica la gran ignorancia de quienes somos.

Y el desconocimiento es el obstáculo más grande de la magia o transformación de la realidad. Para ello se requiere focalizar o centralizar la energía. Es imposible hacerlo si quien pretende realizar un sortilegio ignora su propia conformación de energía y las aparentes contradicciones.

Un impulso natural a gustar a los otros y contravenir los propios intereses y deseos es lo que genera la automutilación de quienes somos. Es pretender recortar nuestra sombra. Por cierto, esa es la metáfora de “vender el alma (psique) al diablo.

Y regreso a La Historia de dos Ciudades: los escenarios y tiempos pueden cambiar, pero es innegable que en un mismo momento pueden coexistir dos verdades. Esa dualidad que aparece en todo y en nosotros, sólo es una elección. ¿Cómo queremos construir nuestra realidad? La verdad tiene dos caras.

Ivette Estrada

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