Dos formas de comunicar

  • Ruta norte
  • Jaime Muñoz Vargas

Laguna /
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Hace más de 25 años, para escribir un cuento finalmente publicado junto con otros en un libro, conviví de cerca con el último discurso de Salvador Allende. 

La idea de aquel relato fue emplear las asediadas palabras del presidente chileno para enfatizar su permanencia en la memoria del protagonista dentro de mi ficción, y modestia al margen creo que no quedó tan mal. 

No lo he releído en años (suelo no releerme para evitar sonrojos retrospectivos), pero sí he vuelto varias veces más al discurso de Allende, tanto que en varios pasajes puedo anticipar, pese a mi mala memoria, las palabras en el fluido oratorio.

El discurso no es un informe administrativo, sino una pieza retórica herida y serena en su trágica ilación. 

Mientras avanza el golpe de Estado que encabeza el general Pinochet, lo que incluyó el control de los medios que podían difundir la noticia, al presidente le queda la señal de Radio Magallanes para comunicarse con la población. 

Sabe que las horas de su gobierno y aún sus horas de vida están contadas. 

Los militares bombardean el palacio de la Moneda y no pararán hasta liquidar a su huésped principal y hacerse del poder. Así y todo, el mandatario echa a andar su último mensaje a la nación. 

Si bien menciona algunos nombres propios y observa situaciones de coyuntura política, las palabras del presidente fluyen en un registro literario, se podría decir que hasta poético. 

Creo que esta es la razón por la que han sobrevivido y son recordadas hasta ahora. 

Su fuerza está en que construyeron imágenes, en que expresaron una emoción espiritual con cadencia firme, sobria, ajena al exabrupto que, por otro lado y dada su situación, no hubiera sido ilegítimo, más porque habló sin guion. 

A lo más que llega es a adjetivar como “rastrero” a un general, y todas las demás palabras tienen el aseo de un hombre conteniendo la emoción violenta, dispuesto a morir serena y firmemente en la nobleza de sus ideales.

El pasaje más famoso del discurso entre sus muchos pasajes famosos es, a mi juicio, éste: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. 

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. 

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! 

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Recordé el último discurso de Allende hace pocos días, cuando Milei visitó a Juan Antonio Kast y reivindicó, sin que el mandatario chileno hiciera gestos, la figura de Pinochet, es decir, su horripilante dictadura, valga el pleonasmo. 

Recordé también que hace varios años pensé en escribir un apunte donde compararía el mensaje de Allende con los mensajes de Pinochet a sus subordinados. 

El general sublevado era un sujeto pedestre, ambicioso, bruto, así que no resultaba posible esperar de él palabras ajenas a su esencia. 

No escribí nada aquella vez, sólo lo pensé. Ahora, a 53 años del golpe en Santiago, la visita de Milei a Chile me hizo ver un rasgo común presente en esos trogloditas: su vocabulario cuartelero, su bestialidad 24/7, y ahora sí decidí urdir el apunte, éste que vamos leyendo.

Casi a la misma hora —minutos más, minutos menos— en la que Allende habló a los chilenos que pudieron escucharlo, el general que lo traicionó ayudado por los gringos se comunicaba por radio interno con los militares subordinados a su mando. 

En diálogo con el almirante Patricio Carvajal, salta esta joya que lo pinta entero como sujeto pérfido (ambos se refieren a Allende):

“Carvajal: Ellos están ofreciendo parlamentar.

Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.

Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.

Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.

Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.

Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.

Carvajal: Conforme (Risas)”.

Son más las grabaciones que existen de Pinochet durante la asonada del 11 de septiembre de 1973. 

En todas se muestra como lo que fue: un burro dando de patadas a la Constitución. 

Y no era por el calor de los acontecimientos, por la agitación que supone perpetrar un golpe de Estado en el papel de traidor. 

Pinochet era un sátrapa puro, como varias décadas después lo confirmarían hasta decir basta las grabaciones del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar que quiso convencer a Pinochet de aflojar un poco la fiereza de la represión. 

Por supuesto que no fue escuchado y durante muchos años continuó la masacre a la democracia chilena, además de la muerte o el exilio para muchos.

A ese tirano vulgar reivindicó el vulgar Milei frente a Kast. Todo queda en familia.

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