Las presentaciones de libros son como las cuartas de forros (mejor conocidas por el lector como “contraportadas”): suponemos siempre que su contenido se inclinará inevitablemente al elogio, al “brindis de sobremesa”, a veces a la más descarada adulación del libro y del autor.
En efecto es así, aunque en mi ya largo trote como presentador o como parte del público en presentaciones he sido testigo de algunos desaguisados, como aquél en el que una comentarista hizo picadillo un libro en la jeta del autor o como mi amigo Víctor Hugo Morales cuando en la Argentina (hay video) despellejó al infame periodista Luis Majul.
Pero hablar mal del libro y/o del autor no es lo habitual en este tipo de reuniones. Lo común es echarles flores, apapacharlos, enunciar las bondades recostadas en el papel y la pericia del autor al escribir, sea el tipo de texto que sea, independientemente del género al que responda su vástago bibliográfico.
En lo personal abrazo una técnica como pre-presentador.
Si de acuerdo a mi subjetividad calculo que el libro carece de mérito, procuro inventar cualquier cuento piadoso para no aceptar la invitación a comentarlo; si, pese a esto, el asunto es inesquivable, participo del acto con salutaciones al recién nacido y expido algún etéreo comentario que no trascienda el alambre de púas de la mera urbanidad.
Otra posibilidad, por fortuna la más frecuente, es que me inviten a presentar libros valiosos como Luces en el polvo.
De hecho, nadie me invitó a presentarlo, fui yo el que me invité, pues la organización de este momento fue producto de mi iniciativa.
¿Por qué?, es la pregunta retórica que me hago. Por dos razones que procedo a explicar.
Porque su autor, Alfredo Máynez Gil, es una de las personas que más quiero en La Laguna.
Lo juzgo un tipo extraordinario, acaso el único sujeto que conozco con tan altas y parejas calificaciones; si él fuera boxeador, yo no hallaría por dónde meterle un gancho, un uppercut o un jab.
No es perfecto, mas se acerca —parafraseo a Pablo Milanés— a lo que simplemente soñé como ejemplo de persona redonda. Alfredo es inteligente, sensible, culto, buen hijo, buen hermano, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen profesionista, buen todo, hasta buen yerno.
Además de la susodicha cascada de virtudes, Alfredo suma otra, la que hoy nos reúne en este foro: escribe muy bien.
¿Qué hicieron el señor Máynez y la señora Gil para tener un hijo de esta calaña? No lo sé, sólo sé que en el estuche de monerías que es Alfredo la escritura también cabe con solvencia, y conste que es una destreza exigente.
En este momento tenemos su primera novela en proceso de edición y hoy presentamos su primer libro:
Luces en el polvo. Alfredo Máynez nació en Torreón en 1972. Estudió la licenciatura en Derecho y la maestría en Historia de la Sociedad Contemporánea en la Universidad Iberoamericana Torreón, y desde 1998 ha sido maestro de asignatura en la misma institución.
Ejerció como abogado corporativo en el sector privado y actualmente es el notario número 100 de Torreón.
Después de este exordio aburrido pero sincero, paso a comentar un poco el libro.
Pese a la insistencia de muchos historiadores, todavía es común advertir que en el público sigue afianzada una noción de la historia como algo independiente del historiador.
Aunque la historia, o sea, el pasado, es una realidad que ya no existe y sólo podemos tangibilizarla en términos de documento, la opinión generalizada tiende a pensar que tanto los documentos como los libros de historia son, per se, “la historia”.
Parece un juego de palabras, pero no lo es. Sólo es necesario pensar que el pasado ya no existe y es imposible que vuelva, razón por la cual es necesario reconstruirlo, es decir, historiar, conseguir documentos y articular conjeturas (relatos) a partir de su análisis e interpretación.
La escritura que se obtiene como resultado es la historiografía, la escritura de la historia, no la historia en sí, ya irrecuperable.
Creer que la escritura de la historia es “la historia” ha sido tal vez la clave que ha posibilitado su manipulación por el poder.
Como la gente cree que la historia está en los libros de historia, nada más adecuado para cualquier poderoso que fomentar la escritura de historias a modo para legitimarse.
Esta es la razón por la que hasta la fecha las historias más populares son las que se refieren a los acontecimientos políticos y militares, a las caídas y los ascensos de tal o cual régimen o gobierno, a la vida y a la obra de los próceres.
No otro tema, sino éste, aborda, por ejemplo, Leonardo Sciascia en El Archivo de Egipto, una novelita algo olvidada.
Su tema eje es simple: la escritura de la historia generalmente ha dependido de los caprichos del poder, de ahí que sea tan peligrosa en manos de los mandamases.
Cada vez es más frecuente, sin embargo, comprobar que la escritura de la historia mira hacia otro punto, no tanto ya a los Grandes Hechos y a las Grandes Figuras sino al magma en el que se despliega la vida cotidiana con toda su complejidad.
Esta historia nos enfatiza que la escritura sobre el pasado puede también detenerse a hurgar en comunidades específicas unidas asimismo por prácticas sociales ajenas al poder y sus detentadores.
Esta historia, menos glamorosa pero tan importante como la otra, fija su atención en la gente de a pie, en el ciudadano que todos los días reproduce haceres compartidos por su comunidad.
Visibilizar estas prácticas, describir su espesura, traerlas al presente para comprenderlas, es también tarea de historiadores.
Como cualquier escritura sobre el pasado, la de la vida cotidiana requiere apuntalarse en documentos.
Es el caso de Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), libro de Alfredo Máynez Gil.
Gracias a la cercanía de un fondo familiar lleno de textos y fotografías, Máynez Gil hundió su atención en el pasado de un grupo de ciudadanos de La Laguna dedicados a diversos oficios, pero ligados en un momento de sus vidas por una pasión: la fotografía.
El joven historiador se apoya en una fuente primaria: las actas del Club Fotográfico de La Laguna animado por, al menos, cuatro decenas de integrantes a lo largo de un cuarto de siglo.
Luces en el polvo contiene una introducción, siete secciones y un apartado conclusivo.
Además, como apéndice muy destacado, una galería con 22 fotografías de Gil Alonso.
El prólogo fue preparado por la doctora Laura Orellana Trinidad, quién aquí, nuevamente, ha enfatizado el valor no sólo académico, sino social, que tiene el resguardo de los documentos familiares como fuentes primordiales para la reconstrucción del pasado.
No cabe duda de que lo conseguido en Luces en el polvo debe motivar el orgullo de Alfredo Máynez Gil, quien con este su primer libro da pie a seguir explorando todo lo que puede ofrecer cada documento resguardado en los fondos familiares, tanto los que ya tienen cabida en los archivos como aquellos que siguen en posesión de hijos o nietos. Felicidades a Alfredo por este inteligente libro y felicidades a Laura por acompañarlo en el camino de su enfoque y su escritura.