Las catedrales se vistieron con la túnica del demonio. El 31 de octubre de 1517 te quedaste en la puerta de tu catedral. Tú, Lutero, clavaste con tus tesis la misma penitencia con la que se cerró tu ataúd en el infierno.
Cambiaste al mundo, Martín. Desde ese día las historias no son las mismas, ni las iglesias ni nuestros sueños. Eres Copérnico, luz del hombre y sombra de Dios. Te
reconozco tu logro; nos diste a Hegel, a Kant, la ilustración y la reforma.
95 tesis. 95. 95. Estas tesis con las que creíste salvar a la Iglesia son las mismas
letanías que ahora maldicen tu nombre. Exigiste que se dejaran de vender indulgencias, y lo lograste. Vaya que lo hiciste… ¡Causaste un concilio, por Dios! Aun así, no paraste.
Querías más, aún lo haces.
Querías que el cristiano hablara con Dios sin intermediarios. Y lo conseguiste. Hoy no hay sacerdote entre tú y el cielo. Para ti solo está la Biblia abierta y su conciencia. O
eso crees tú.
En 1521, ante el emperador en Worms, te pidieron que te retractaras. Dijiste que tu conciencia era prisionera de la palabra de Dios, que retractarte no era seguro ni honesto. Qué sabio, Martín. Te aplaudo. Kant te leyó sin saberlo. Hegel te leyó sabiéndolo.
Tu soledad divina costó sangre. Los campesinos leyeron tu libertad cristiana al pie de la letra y se alzaron. Les pediste a los príncipes que los degollaran como a perros
rabiosos. Tú, el que desafió al emperador, le pediste a los poderosos lo mismo que Roma te había pedido. Escribiste contra los judíos lo que no se tuvo que escribir. Recuerda tu herencia, Martín. Eres tan dual como Dios.
Le diste a cada hombre el derecho de interpretar al Padre, y cada hombre lo ejerció. Hoy hay miles de iglesias, cada una con su papa de bolsillo, cada una segura de
tener la lectura correcta. Querías quitarle la llave a Roma y la repartiste en llaveros. Roma aprendió. Tu enemigo mejoró gracias a ti. Reformaste a quien te estaba crucificando.
No te acuso. Yo también soy tu hijo. Soy el que duda, el que lee la Escritura a solas, el que se pregunta a quién le habla cuando reza. Esa pregunta nació el día que clavaste tu papel. Antes de ti nadie tenía que hacérsela; para eso estaba el cura.
No sé si el infierno te recibió o si Dios te perdonó. Yo, en cambio, te debo mi inconformidad. Y esa, Martín, es la única forma honesta de agradecer a un hereje.