Conocemos la cruz. Nos ungimos en su aceite y sangre. Vemos el rostro cansado del mesías. Alguien llora. Dos mujeres, con su velo negro. Las dos Marías: la madre de Dios y la prostituta del evangelio, María Magdalena. Le pregunto, estimado lector, ¿cuándo fue la última vez que pensó en ella? ¿Le damos el reconocimiento que merece? ¿Será la segunda María una analogía de la libertad sexual contemporánea?
Conocemos los cuatro evangelios, pero ignoramos los apócrifos, uno de los más famosos siendo el de María Magdalena. Ahora, quisiera enlazar el anonimato de esta mujer con la visualización contemporánea de la sexualidad. ¿Cómo? Debemos reflexionar, la mujer de la que hablamos era una prostituta, y aún así Jesús la incluyó entre sus apóstoles.
Nunca es tarde, creo yo, para aprender de las religiones. El día de hoy el cristianismo nos enseña a ser tolerantes con la sexualidad de una persona. Lo sé, me responderá con Levítico (“un hombre que se acueste con otro hombre…”) y yo le replicaré con el ejemplo de Jesús. Hoy por hoy tomamos lo que hace una persona en su intimidad como algo público, y no por eso es menos criticado. La sexualidad, el género, el oficio (incluido la prostitución) no hacen menos digno a alguien de respeto.
Hoy le invito a que deje el dogma y siga el ejemplo de Dios. Sí, es una herejía, pero ¿para quién? Me considero católico, pero jamás pondría el amor del prójimo por debajo de la autoridad de un obispo. La revolución también es religiosa, y comienza por su corazón. Al final del día, ninguno de nosotros es mejor que lo que fue María Magdalena en su tiempo. No se atreva a tirar la piedra, que el pecado nos sigue a todos. Amén.