La muerte del intelectual

Laguna /
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El 23 de enero de 1898, Georges Clemenceau escribió en L’Aurore una frase que, sin proponérselo, fundó una sustantivo. Se refería a los firmantes del manifiesto en defensa de Dreyfus —Zola, Proust, Anatole France, Monet, Durkheim— como “esos intelectuales que se agrupan alrededor de una idea y se mantienen inquebrantables”. El adjetivo se volvió sustantivo esa mañana. Antes de esa fecha existían escritores, sabios, literatos; ese enero nació el intelectual: alguien cuya autoridad no nace del cargo ni del dinero, sino del ejercicio público de la inteligencia sobre los asuntos de la ciudad. La derecha antidreyfus empleó el término como insulto, les reprochaba pensar más allá de los intereses de la nación; los propios firmantes lo convirtieron en bandera. La dualidad de la palabra jamás habría de abandonarla.

El siglo XX fue la edad de oro de esa figura: Sartre discutiendo con Camus sobre el estalinismo, Paz renunciando la embajada mexicana en la India por Tlatelolco, Fuentes escribiendo sobre la Revolución, Vargas Llosa siendo candidato a la presidencia del Perú. El intelectual era, todavía, un actor político con su obra como credencial. Se le pedía opinión sobre el petróleo, la guerra fría, la reforma agraria, y la daba. Esa opinión circulaba como parte legítima del debate público. El escritor y el intelectual eran, si no la misma persona, al menos figuras contiguas, vecinas de una misma vocación.

Esa contigüidad se rompió. Los escritores de hoy, como la escritora argentina Mariana Enríquez, que domina el terror literario con una precisión que nadie discute, han abandonado, con orgullo, el papel de intelectual. No es un defecto personal ni una acusación más que una elección de época. Enríquez escribe sobre la violencia argentina con una lucidez que cualquier ensayista envidiaría, y sin embargo, rehúye sistemáticamente el lugar del opinador público, el que antes ocupaban Cortázar o Sabato. No es la única: la generación entera de narradores contemporáneos parece haber decidido que opinar sobre el presente es una tarea menor, casi vulgar, comparada con la construcción de un mundo narrativo.

El problema no es que los escritores callen, sino lo que ese silencio deja vacante. El público que no tiene acceso directo a la obra literaria, que no lee filosofía ni teoría política, dependía del intelectual como intermediario: alguien que hubiera leído a Hegel y a la vez supiera hablarle al lector común, que tradujera la complejidad sin traicionarla. Ese puente ha desaparecido. En su lugar quedaron el columnista de ocasión, el tuitero con seguidores y la opinión de televisión, ninguno de los cuales carga con la autoridad que antes daba una obra. La opinión pública no se quedó sin voces, se quedó sin fundamento.

Ahí está la paradoja: nunca hubo tanto acceso a la información y al mismo tiempo tanta ignorancia sustantiva. La muerte del intelectual no dejó al pueblo más libre de tutelas; lo dejó más solo frente a la complejidad, y por lo tanto más manipulable. Clemenceau bautizó una figura para nombrar a quienes pensaban en público, con riesgo, con nombre propio. Esa figura ha muerto de comodidad, no de censura, quizás el síntoma más triste de nuestro siglo.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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