Ora pro nobis, discipulus daemonii

Laguna /

No hay cruz sin dueño. No hay vía dolorosa sin sangre. Esta semana nos seduce el perdón universal. 

Nos encontramos entre santos y demonios y, entre ellos, los discípulos perfectos: San Pedro y Judas Iscariote. 

El primero, obispo de Roma, encarna nuestro potencial como líderes y temerarios; el segundo, ídolo de la traición, representa una verdad humana: el egoísmo. 

El tiempo, así, invita a pensar la verdad cristiana como el tronco de una filosofía.

Antes que ser la religión preferida de occidente, el cristianismo es una forma de pensar al hombre. No empieza en el dogma, sino en una intuición radical: el ser humano está escindido. 

Es capaz de afirmar una idea y negarla en el subconsciente o en el mismo aliento. 

Debido a esto, sus figuras no son moral, sino estructuras. Ahora, ¿cómo se traslada al cristianismo? Las dos vertientes: Pedro y Judas.

En San Pedro se revela la luminosidad, no la pureza. Su grandeza no es jamás fallar sino en sostenerse en aquello que lo supera. 

Un liderazgo cristiano no nace de la impecabilidad —recordemos a S.S. Francisco, quien dijo que “Aquí, todos somos pecadores”— pero de la insistencia: de cargar la cruz después de haberla dejado caer.

Judas Iscariote representa la vertiente oscura. No es de la ignorancia, sino del cálculo. Judas no se equivoca, decide. 

Reduce lo sagrado a una mera transacción, traduce la lealtad en moneda. 

En él, el cristianismo reconoce una verdad inquietante: el mal no es ajeno ni accidental; puede ser lúcido, deliberado, incluso razonable. 

Y como dice el dicho: “La traición siempre viene de un amigo.”

Ambos no son pasado sino una representación (a mi parecer, la más exacta) del hombre. 

Entre Pedro y Judas se juega la filosofía cristiana: la tensión entre fidelidad y traición, entre la posibilidad de redención y la tentación de reducirlo todo a utilidad. 

Ser cristiano, entonces, no solo es adscribirse a una Iglesia, sino habitar el conflicto sin simplificarlo. 

Reconozcámoslo, uno de los grandes males que habita al cristianismo es la permisión que se ha otorgado al dogma y la coacción del pecado.

La fe, vista así, no es certeza sino postura. No garantiza la salvación, pero sí exige una elección constante. 

Cada acto inclina la balanza; o se afirma aquello que nos trasciende, o se negocia con ello. No hay cruz sin dueño. Pero todo dueño, antes o después, decide si la carga o la vende.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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