Nadie te dice cuando comienza la vida, escribió Roger Waters. Esta avanza y siempre llega el punto en el que hay que decidir, no solo la vocación, sino el inconveniente de haber nacido: querer ser todo.
Por ejemplo, está la trampa que cae sobre los que quieren ser dos cosas. No simultáneamente, no en capas: dos cosas.
Abogado y escritor. O viceversa, pero nunca juntos.
La pasión exige cuerpo entero; la disciplina exige la atención. No caben en el mismo órgano sin comerse vivo uno al otro.
Lo primero que mata la ley es al individuo. Cada palabra en un contrato es una muerte pequeña de la emoción. Debe servir función, peso jurídico, defensa de intereses que no son tuyos.
El abogado que se apasiona pierde. Los fiscales violentos, los que creen en sus acusaciones, los que sangran junto al daño de la víctima pierden.
Los defensores fríos, casi despiadados en su indiferencia, ganan. La ley no te quiere ardiendo; te roba todo, cada chispa de fuego, y lo convierte en cláusulas.
Pero escribir bien —no redactar, escribir— es exactamente lo opuesto.
Es ser presa voluntaria de tus obsesiones. Es escribir sobre la esencia del amor a las dos de la mañana porque algo te sangra por adentro.
No puedes hacer una columna que duele desde la frialdad de un jurista. O sale del incendio o es basura que suena a manual. Tienes que escribir para sobrevivir.
La pluma fuente se convierte en una extensión de tu cuerpo, tus ojos águilas acechando historias entre los transeúntes. La mayor maldición bendita.
Entonces llegó mi oportunidad. Coautor de un libro sobre teoría del derecho.
Horas de lectura rigurosa, densidad conceptual, un placer intelectual que también es pasión pero no tal cual.
Y ahí está el precio real: cada hora que dedicas a ese rigor teórico es una hora que no escribes ficción.
La pasión literaria se muere lentamente mientras tú estudias Kelsen. Se muere gota a gota, mientras tú cumplas.
Javier Marías o Ronald Dworkin. La vida o la muerte. ¿Escogerán esto mismo los ángeles al caer al infierno? No lo sé. Esta edad es una cárcel de las pasiones.
La pregunta que nadie te hace porque ya saben la respuesta: ¿cuál vas a matar?
Uno de los dos va a morir. Ambos no caben. O ambas mueren lentamente en ti, y eso es peor.
La canción The Logical Song de Supertramp lo dice mejor que yo: “Sé que suena absurdo pero, por favor, dígame quien soy.”