¿Quién nos escucha cuando le hablamos a Dios?

Laguna /
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Los rezos diarios, rosarios negros llenos de lágrimas y capillas desgastadas solo apuntan a un mismo ser: Dios. Podemos alcanzarle de muchos modos, según las creencias modernas,

¿o no? Me imagino, estimado lector, que usted tiende a rezar alguna vez, aunque sea de vez en cuando. El ateísmo quizás ha tomado fuerza en estos últimos años, pero el católico es cada vez más tradicional. O eso creo yo. Ahora, en estas noches de desolación, de oscuridad y amenaza del aire asfixiante, le pedimos a Él. Al creador de la tierra, Dios. Pero no me dejará mentir, estimado lector. Es natural pensar que nadie nos escucha, o pensar que aquellos que hablan con Dios en verdad parecen hablar con su antítesis. Entonces, ¿a quién le hablamos cuando le hablamos a Dios?

Aunque se ha intentado responder esta pregunta durante siglos, e incluso milenios, hoy respetaremos la del filósofo Baruch de Spinoza. Deus sive natura: Dios, o sea la naturaleza. Dios (nunca nos olvidemos de pensar en él como trinidad) es aquel relojero distante, el ser que todo lo ve y nada escapa de él. No hay, entre nosotros y él distancia metafísica alguna. No caben preguntas ontológicas en un ser tan nuestro como nosotros suyo. Cuando rezamos, entonces, no hablamos a un ser que existe más allá del cosmos, suspendido en un cielo inmaterial. Nos hablamos a nosotros. No en el sentido de que el yo individual sea Dios —eso sería megalomania—, sino en que la totalidad de lo que existe, incluida mi oración y mi cuerpo, es un despliegue de una única sustancia que padece, sufre y, a veces, persevera.

Ahora bien, esto desata una pregunta que ha torturado a todo místico honesto: si Dios ya sabe todo lo que nos pasará, incluyendo nuestro libre albedrío, ¿dónde queda la libertad? ¿Cómo rezamos si nuestro futuro ya está escrito en la omnisciencia divina? Spinoza nos responde. Un objeto es más libre cuanto más se determina por su propia naturaleza y no por causas externas. Dios, siendo causa sui (causa de sí mismo), es infinitamente libre. Nosotros, en la medida en que nos entendemos como parte de Dios, en la medida en que nuestras acciones brotan de nuestra propia esencia y no de coerción externa, participamos de esa libertad. La omnisciencia divina no es una imposición sobre nuestras acciones futuras, sino el hecho de que nuestras acciones futuras son, a la vez, expresiones necesarias de lo que somos y completamente nuestras.

Rezar, entonces, es participar en esta libertad. Pero no rezamos con palabras solamente. Eso sería quedarse en la superficie, en lo que Spinoza llamaba el "primer género de conocimiento" —el de las imágenes confusas, los signos arbitrarios. La oración

verdadera es una conexión del cuerpo con el alma. No como dos cosas separadas que de pronto se tocan, sino dos aspectos de una misma realidad. Cuando rezas, tu cuerpo entra en una disposición particular. El ritmo de la respiración cambia. La postura se transforma. Las manos se juntan o se abren. Y simultáneamente, algo ocurre en lo que llamamos alma. Hablar con Dios es hablar con la libertad, con un ser inmaterial que es nosotros. Un ser, que, aunque no podemos tocar, siempre sentiremos. Ahora, estimado lector, rece, rece y rece: solo así encontrará su libertad.

  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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