Los salones universitarios siempre tienen dos cosas: un alumno y un profesor. Conocemos mucho acerca de los primeros, y más sobre los últimos. Sabemos, a nuestra edad, sobre el camino para llegar a ser como aquellos que nos enseñan. Pero ¿qué tanto permitirán que lleguemos ahí? No mucho. En mi breve experiencia como universitario, me he encontrado con profesores que esconden conocimiento y buscan ser los únicos expertos en su área. Llegué a escuchar la tontería de que “no todos pueden ser filósofos, necesitas 9 años especializándote para entender a Hegel.” Dedicando la columna a ese profesor, es menester afrontar la academia y la élite que representa.
Lo peor que hace el docente que esconde el conocimiento es partir de la premisa de que lo necesitan para conocer a un autor. Jamás. Por ejemplo, hablemos de Kant y su Crítica a la razón pura. La traducción de Cambridge existe; lleva anotaciones, aparato crítico, una caratula de legitimidad. Pero existe también la versión que se consigue en una editorial menor, traducida sin pretensiones de exhaustividad, y aún así existe el diálogo directo con el texto. También persiste, sobre todo, el derecho de equivocarte en la lectura. El profesor aquí no te ofrece el conocimiento sino una verdad impresa de antemano, pagada en credenciales.
Miremos lo que hizo la academia: convirtió el conocimiento en escasez artificial. Hizo que un texto sea más legible si viene del sello correcto, más “real” si es interpretado por quien aprobó los exámenes. Así el profesor deja de ser guía y se convierte en aduana. Él cree que está protegiendo algo, que está siendo selectivo. No. Está siendo tacaño.
El camino práctico es otro. Lees a Kant con lo que tienes y te pierdes en su jerga. Vuelves atrás tres veces. Buscas un comentario de alguien que no tiene doctorado pero sí inteligencia. Vuelves al texto. Descubres qué confundiste. Avanzas. Por otro lado, lo que ofrece la academia es simulacro, te ahorra el fracaso para poder presumir que solo él lo logra. Eres cómplice de tu propia esclavitud si aceptas.
Lo más peligroso es que el sistema funciona porque nos enseña a dudar de nosotros mismos. A creer que sin credencial, sin traducción autorizada, sin los nueve años, no somos suficientes. Pero aquí está la respuesta: el único que puede juzgar si entendiste a Kant eres tú cuando peleas con el texto. No el profesor. No la editorial. Tú. Tu lectura, aunque sea lenta, obstinada y quizás no la aceptada universalmente, aunque sea desde una traducción "menor", aunque sea sin los años de especialización, es legítima porque es genuina. La filosofía nació desde antes de que existiera la academia. La filosofía es el amor a la sabiduría, no el amor a los títulos.