Un personaje llamado Fernando Cerimedo, se hizo de pronto un hombre famoso al intentar matar a su pareja embarazada, mediante un atentado, del que, aunque herida, salió con vida.
El asunto tomó mucha relevancia porque Nadia Beller, que así se llama la pareja, es abogada y en compañía de Cerimedo, tiene una amplia información sobre propósitos truculentos que tienen varios presidentes o candidatos de repúblicas latinoamericanas.
Trabajan para los planes de Donald Trump que ya cualquier persona mal informada sabe que ese señor se siente el rey del mundo.
Por lo pronto se sabe que esta pareja forma parte de un pequeño grupo de conspiradores, y apoyándose en las más finas técnicas de comunicación, conspiran de manera tramposa contra las democracias latinoamericanas, que tienen ciertos visos de ser afines a democracias más simpáticas al pueblo.
Con este propósito, han descuartizado las democracias de Argentina, Chile, Ecuador, Perú, Colombia, Venezuela, Honduras; asunto aparte es Brasil y México, que están en la mira de estos conspiradores.
La democracia no se debe confundir con un imperio.
Cada pueblo ejercita su práctica democrática y no debe otro pueblo arrogarse el derecho de imponer su modo de pensar sobre su manera de vivir la democracia, los pueblos tienen el derecho a sr soberanos en sus leyes, instituciones.
Van contra toda ética, el pueblo o gobierno que quiera imponer un modo de gobierno.
La Iglesia Católica sostiene en su doctrina social, que la monarquía o la democracia, son formas lícitas de gobernanza.
Cada pueblo debe vigilar que sus instituciones cumplan con el respeto a las comunidades y persona, respeto s la vida, y a no tolerar que venga un metiche a intervenir en su forma de conducta, ya que eso es asunto de cada pueblo.
Atinadamente señalaba el Papa Francisco: “Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que “la grandeza política se muestra, cuando en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo.
Al poder político le cuesta mucho asumir este deber de un proyecto de nación (LS: Francisco, n. 162) y más aún en un proyecto común para la humanidad presente y futura.
Pensar en los que vendrán, sirve a los fines electorales, pero es lo que exige una justicia auténtica, porque, como enseñan los obispos de Portugal, la tierra “es un préstamo que cada generación recibe y debe trasmitir a la siguiente generación” (LS. 164).
Se finaliza esta columna anotando le gran falla de nuestra opinión pública, el que se le haga el vacío a este ataque al derecho a los pueblos a regirse por sus propios gobiernos, leyes e instituciones.
Se puede deber a que cada persona tiene su opinión, pero no deja de ser grave, el que tal opinión no coincida con el bien común de todos los pueblos a gobernarse ellos mismos, con sus propias autoridades.