'Saludobles'

Ciudad de México /
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Jorge F. Hernández

Un ictus dejó un coágulo morado como tatuaje en el hemisferio derecho de mi cerebro, aunado a la desobediencia quizá temporal de mi pierna izquierda y profunda somnolencia en mis veinte dedos que para mi fortuna no me impiden dibujar, intentar escribir y pasar páginas selectas en pantalla o papel con las yemas como falanges sonámbulas. El infartitito cerebral denota en el espejo el párpado derecho colgando a medias como telón de entreactos en carpa popular e insinúa una renovada determinación por volver a dar una vuelta al ruedo sin humo como avío y con una seria pérdida de peso que permita vestirme de luces, pero la novedad que me interesa escribir aquí es el sutil descubrimiento de que en días pasados me ha dado por confundir la palabra “saludables” con “saludobles”. 

Mi madre tuvo una trombosis cerebral a los 30 años de edad que le borró su memoria durante una década (que mide el transcurso de mi infancia) y deambuló por el bosque de la amnesia con confusiones vocálicas más que saludobles: decía zapato en vez de vaso y para Ella el color amarillo era jirafa. Hace un año y medio mi hermanita sufrió un absurdo accidente automovilístico que la rompió al filo de irse de este mundo con el cráneo partido como un melón y al despertar del coma hablaba más en inglés (el idioma de nuestra feliz infancia que transcurrió en un bosque de Washington, D. C que se volvió flotante para siempre y metáfora de toda memoria) y en sus primeros logros por recuperar el español también llegó a decir zapato en vez de vaso (no porque toda afasia, ictus o aneurisma provoque la confusión etimológica, sino quizá porque en un laberinto de su corteza cerebral recordaba las confusiones de hace medio siglo que fueron neblina del olvido para nuestra madre).

Durante los pasados once años viví en Madrid y se me hizo costumbre despedir a amigos y familiares que me visitaban en una librería entrañable, que al volver a México merecían el buen deseo: “Saluda a todos lo saludables y los que no sean saludables, pues no los saludes”, a lo que íntimos, prójimos y próximos mexicas respondían con el enigmático “De tu parte” como respuesta tricolor. Así que de mi parte despido este párrafo con inmensa gratitud y total afecto a todos y todas las saludobles no sólo porque todo el amor, música y literatura que nos une nos hace gemelos, clones casi dobles de uno mismo, sino también porque el enredo cerebral insinúa que mando saludos dobles para quienes los merezcan (según me acaba de decir un sabio de gran estatura que viaja a Madrid esta semana con mi consigna de que me salude a tantos saludobles que tengo en España).

A todos, ¡gracias!


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
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