Atrincherarse en el primer piso o abrirse al segundo

Ciudad de México /
LUIS M. MORALES

La economía no crece, el gobierno enfrenta una serie de escándalos y Estados Unidos ejerce una presión comercial y política agresiva. No es una situación que la Presidenta haya generado, pero lo cierto es que se ha dado pese a sus esfuerzos. Probablemente el país estaría en una posición igual o peor de complicada independientemente del partido que estuviera en el poder, pero el hecho es que el gobierno de Claudia Sheinbaum es el que debe enfrentarla.

Puede entenderse que, ante un contexto de contracción e incertidumbre, nacional e internacional, que se traduce en una ruta cargada de obstáculos, el prometido segundo piso de la cuarta transformación esté sujeto a ajustes y revisiones. Pero sería lamentable ceder a la tentación de renunciar a objetivos importantes, atrincherarse y retroceder a posiciones que remiten al primer piso. Y no porque uno sea bueno y otro malo, sino porque obedecen a dos momentos distintos. El país es diferente al de 2018. López Obrador dio un giro al timón en medio de muchas resistencias, se salió de ruta y abrió brecha cuchillo en mano, a tirones y jalones; apeló a una polarización que generó divisiones y se apoyó en quien pudo para instalar su proyecto de nación. A toro pasado pueden señalarse errores e inconsistencias, pero consiguió revertir tendencialmente la desigualdad y sacar de la pobreza a trece millones de mexicanos; una proeza en un país de privilegios y diferencias tan arraigadas.

El segundo piso, prometido por Claudia Sheinbaum, con una trayectoria también de izquierda pero más moderna y científica, busca construir y hacer más eficiente a la sociedad después del duro esfuerzo de conquistarla. Pasar de obra negra a la edificación de paredes, jardines y ventanas. Esto es, ordenar y modernizar, crecer y generar empleos, además de distribuir, unir esfuerzos, acotar violencia y corrupción. Convencer al resto de la sociedad de que podemos construir una casa para todos a partir de la premisa “por el bien de todos primero los pobres”.

Es obvio que no está resultando fácil. Frente a las críticas respecto a lo que no resulta o no avanza, hay una inercia en el gobierno para regresar a la polarización, al atrincheramiento ideológico y al ejercicio del poder con sesgos partisanos. Es una pulsión que empata con una inclinación “al enganche” que habita en la Presidenta y tiende a exacerbarse en la mañanera. Pero al final, las decisiones se han tomado pensando en su segundo piso.

Por supuesto que hay un “imperialismo” injerencista, una oposición que medra con los errores reales o inventados, y medios y comentocracia que buscan erosionar la imagen de la 4T. Pero los verdaderos problemas no se originan en estos factores, por más que traten de aprovecharlos. El estancamiento de inversión, falta de empleos, incertidumbre, corrupción, violencia y recursos insuficientes tienen otro origen.

Negarlos, minimizarlos, descalificar a quienes los mencionan, no ayuda a construir ese segundo piso. En su mayor parte se trata de problemas que no generó la 4T; pero al evadirlos o minimizarlos, como si fueran esencialmente producto de la mala leche de la oposición, termina haciéndolos suyos. Los escándalos de corrupción lo muestran. La 4T prometió un cambio ético en la vida pública y es obvio que en su primera versión decidió postergarlo para terminar de conquistar el poder (de allí las alianzas impresentables, la incapacidad para admitir errores, priorizar la lealtad sobre la eficiencia, el triunfo sobre cualquier otra consideración).

El segundo piso se propuso reordenar prioridades y cumplir algunas banderas postergadas. El riesgo ahora es que una actitud defensiva frente a las adversidades siga postergándolas. Un salto atrás sólo lleva al agravamiento de los problemas. La mejor protección del movimiento no es la polarización, sino la obtención de resultados y saneamiento de la vida pública. La verdadera defensa de la soberanía no estriba en hacer marchas contra el injerencismo, sino en quitarle los pretextos a los impulsos intervencionistas de Washington mediante una verdadera limpia de las altas esferas de la clase política y del movimiento mismo. La lealtad al llamado humanismo mexicano fundado por López Obrador pasa por hacer viable un proyecto de nación capaz de crecer y distribuir mejor. Nada de eso se consigue pertrechándose en la grandeza y virtudes de un movimiento que, en realidad, necesita del resto de las fuerzas productivas para ser exitoso.

Una salida hacia adelante es la única opción viable para la 4T. Si la imagen de Morena se sigue erosionando, la única manera de defender el poder será endureciéndose y utilizando al gobierno para proteger lo conquistado, refugiarse en los conversos, privilegiar al núcleo duro, arroparse en la base y en la denuncia de la perversidad de los conservadores. Todo lo anterior sería el final del proyecto.

Sin embargo, los números indican otra opción: la popularidad de la Presidenta ronda 70%, la inclinación por Morena roza 40%. Atrincherarse en ese 40% es absurdo, particularmente cuando las fuerzas productivas que pueden generar el empleo para resolver la pobreza están en otro lado y algunas forman parte de 70%.

Es importante que Claudia Sheinbaum aborde con más confianza su segundo piso. Habrá resistencias entre los círculos que se quedaron en el primer piso, aquellos que asumen que el reconocimiento de un error o la inculpación de un corrupto es una concesión inadmisible al enemigo, una muestra de debilidad inaceptable.

Confiar en el segundo piso consistiría en apostar menos por la propaganda, la defensa indignada o el pretexto apresurado. Reservar información de proyectos oficiales es indigno de un gobierno que pretende emanar del pueblo; es penoso que a un titular se le acepte que no estaba enterado de lo que hacían sus colaboradores (Segalmex, Tabasco, Sinaloa), pero se exija el desafuero de una gobernadora de oposición con ese argumento; es absurdo exculpar antes de investigar cuando se trata de los suyos; inverosímil que se coloque en Pemex a alguien que sólo lo había aceptado 18 meses, daña menos reconocer la necesidad de una corrección.

Empeñarse en salvaguardar la unidad de Morena, a costa de tolerar sus malas yerbas terminará por mutilar la capacidad de este movimiento para transformar al país. Un jardín se envenena y empobrece si no se aplica la poda adecuada.

Pero, sobre todo, nada dignificaría más a Morena que una voluntad real de limpiar las escaleras de arriba hacia abajo, como lo prometió el primer piso pero nunca lo hizo. Estoy convencido de que existe en Claudia Sheinbaum la integridad, la capacidad y la voluntad para construir un segundo piso realmente mejorado de la 4T. A condición, claro, de que la Presidenta no pierda la confianza en sí misma y su proyecto.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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