M+.- Hace una semana, en Guadalajara, decenas de miles salieron a la calle para exigir algo que debería darse por descontado: que el agua de la llave no enferme. El sábado, en Francia, cientos de miles marcharon contra el costo de la vida y la jornada terminó entre saqueos e incendios. Poco parece unir a una ciudad mexicana harta de su agua turbia con un país europeo harto de su clase política. Sin embargo, ambas escenas comparten la misma lógica: un malestar legítimo, una autoridad que llega tarde y grupos infiltrados dispuestos a convertir la indignación ajena en combustible propio.
Las imágenes francesas parecían sacadas de una novela distópica: la torre del ayuntamiento de Limoges, una construcción del siglo XIX, desplomándose entre las llamas; la oficina de turismo de Lyon convertida en hoguera; escaparates reventados en la principal calle comercial de Burdeos; autos ardiendo en la plaza de la República de París. Varios alcaldes dijeron no haber visto algo así en lo que va del siglo.
Pero sería un error quedarnos con las llamas. Lo significativo es lo que hay detrás. Unas 800 mil personas salieron a protestar contra el costo de la vida, según los sindicatos; 550 mil según el gobierno, que siempre usa una calculadora más austera. Estudiantes que desde septiembre denuncian el deterioro de sus escuelas, agricultores, sindicalistas, chalecos amarillos resucitados. Una coalición variopinta cuyo denominador común es la convicción de que el sistema ya no funciona para ellos.
Conviene distinguir tres violencias que el sábado se confundieron en el mismo humo y que, bien mirado, también pueden percibirse en Guadalajara. La primera es la del malestar mismo. No la de las piedras, sino la de una vida cotidiana más cara, precaria e incierta: el joven que estudia en un aula con goteras, el jubilado que no llega a fin de mes. Es una violencia silenciosa; no sale en los noticieros, pero es real y alimenta todo lo demás.
La segunda estalla de manera más o menos espontánea cuando la frustración encuentra una calle y una multitud. Es la rabia sin programa: el saqueo de una tienda de electrónica poco tiene que ver con el presupuesto educativo y mucho con la impunidad que otorga el anonimato colectivo.
La tercera es la más inquietante: la violencia intencionada, que usa el malestar ajeno para desgastar a la autoridad. Cientos de encapuchados vestidos de negro convirtieron la plaza de la República en campo de batalla, mientras otros intentaban desviar las marchas hacia el Elíseo. A ellos habría que sumar a los políticos que, sin lanzar una piedra, soplan sobre las brasas. Jean-Luc Mélenchon, desde la izquierda radical; Marine Le Pen, desde la ultraderecha. Los dos lideran la carrera para sustituir a Macrón, quien termina su ciclo y la constitución le impide reelegirse. Para los extremos, cada vitrina rota es un voto contra el centro.
Hay, desde luego, razones muy francesas, y The Economist las enumera sin anestesia en su edición más reciente. Según el semanario, el déficit ronda 5.4 por ciento del PIB, Francia ya se financia a tasas más altas que Italia o Grecia y destina más a pagar intereses que a sus escuelas o a su ejército; a diferencia de 2018, cuando Macron pudo comprar la paz social con dinero, hoy el gobierno no tiene con qué.
Pero sería miope leer esto como una excentricidad gala. Francia es apenas la versión más vistosa de un malestar que recorre Occidente desde hace una década y ha tomado formas tan distintas como el Brexit, el asalto al Capitolio o el estallido chileno de 2019. El hilo conductor es la pérdida de credibilidad de las élites. Durante treinta años prometieron que la globalización y la disciplina fiscal traerían prosperidad compartida; y sí, trajeron prosperidad, pero no compartida. Y cuando la gente deja de creer en partidos, expertos y medios, deja de creer también en los árbitros. No es casual que la protesta francesa naciera en las redes sociales, ni que circularan videos de disturbios de 2022 presentados como si fueran de ayer. En la era del algoritmo, el malestar no sólo se expresa: se fabrica y se amplifica.
La paradoja es que la violencia termina castigando a quienes dice representar. Por cada francés que levantó una barricada hubo muchos más que se quedaron en casa, indignados por las razones de la protesta y también por sus métodos: el comerciante que perdió su negocio, el estudiante cuya causa quedó sepultada bajo las imágenes del saqueo. Esa mayoría no tiene encapuchados ni algoritmos que la amplifiquen; su moderación no es noticia. El centro político, por su parte, tiene datos pero no relato. Mientras no aprenda a seducir con la sensatez, el electorado quedará condenado a escoger entre dos incendios.
Volvamos a Guadalajara. Toda proporción guardada, ahí estuvieron los mismos ingredientes. Durante meses los tapatíos recibieron en sus casas un líquido turbio y maloliente, deterioro que el propio Siapa reconoció. No hay malestar más legítimo ni más primario. Y sin embargo la marcha del 11 de octubre terminó frente a Casa Jalisco con vallas derribadas, gases lacrimógenos, detenidos y un coro de “Fuera Lemus” que desbordaba la demanda original. Una semana después, la segunda marcha estuvo a punto de cancelarse por la presencia de grupos ajenos a la protesta. Lo notable es lo que ocurrió entonces: los propios manifestantes rechazaron a los encapuchados. Ahí hay una lección que vale para París y para cualquier ciudad: el mejor antídoto contra la instrumentalización de la protesta es la ciudadanía que defiende su propia causa.
La otra lección es para las autoridades. Ante el malestar existen dos peligrosas tentaciones. La primera, atribuirlo todo a una conspiración de adversarios y descalificar a los inconformes por culpa de los provocadores. La segunda, montarse en el agua turbia para cobrar facturas políticas. Las dos lecturas son falsas y agravan el problema, porque confirman la sospecha de fondo: que a las élites les importa más el control del relato que la calidad de lo que sale por la llave. En Francia, como en Guadalajara, el peligro no es que la gente salga a la calle. El peligro es el día en que deje de creer que salir a la calle sirve de algo. Ese día ya no marcha: incendia.