Cuando en la medianoche, a los veinte minutos de haberse iniciado el martes 23 de septiembre de 2008, el chofer de un autobús cargado de cuarenta pasajeros vio, iluminada por los faros del vehículo y avanzando frente a él, a la gris y enorme Indra, debe haber pensado entre dos veloces parpadeos que sufría de una alucinación, pues no es cosa de todos los días, y ni siquiera de todas las noches, que en el kilómetro uno de la autopista de cuota México-Tulancingo, ni, a decir verdad, en cualquier otro kilómetro de cualquier otra carretera del país, se vea a un elefante, o más bien, como luego se supo, a una elefanta, que trota hacia uno avanzando con la trompa erecta. Entonces, se tratase o no de una ilusión hipnagógica, el chofer Tomás López Durán trató de evitar con un rápido giro del volante al enorme y semoviente bulto que cruzaba la vía rápida... Pero era demasiado tarde: el tremendo encontronazo se produjo y causó la muerte del conductor y la del animal, y lesiones y contusiones en los pasajeros. A las pocas horas de ocurrido el hecho que parece tomado de alguna página de novela del “realismo mágico” latinoamericano, pero que ha ocurrido de veras, se sabría que Indra, una de las zoostars de un circo itinerante en la ocasión instalado en el municipio de Ecatepec, habría aprovechado el momento en que su cuidador se había descuidado para escapar de aquel circo en que la tenían desde hacía cuarenta años cautiva en nombre del showbusiness. Uno de los responsables del circo ha declarado que Indra era una elefanta mansita que en cuarenta años de su vida de prisionera no había causado ningún gran problema, por lo cual no se explicaba su rebeldía, ni la furia con la cual, al parecer, había embestido al autobús. Pero yo, que gusto de ver a los animales en libertad, y no obligados a hacer esforzadas y arduas monerías impuestas por los tiránicos seres humanos para solo divertirnos y dar dinero en la taquilla, yo sí me explico (sin justificar las tristes consecuencias) el enfado de la gris y enorme Indra que, acaso en un arrebato de lucidez y dignidad, rompió su cadena y se largó del lugar en el cual, con el liviano pretexto del showbusiness, se practica (o practicaba, porque la actuación de animales en los circos ha sido prohibida en México) la explotación del elefante, o la elefanta, por el hombre.
Evocación de Indra
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José de la Colina
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