En vísperas del Grito de Independencia en el Zócalo de la Ciudad de México, al cartujo lo envuelve un sentimiento nacionalista tan grande como para no olvidar el origen de nuestros símbolos patrios. En la primaria, en la desprestigiada vieja escuela mexicana, se enteró de la iniciativa de Agustín de Iturbide en 1821 para darle a este país una bandera cuyos colores perduran; también conoció la decisión de Antonio López de Santa Anna de promover en 1853 un concurso para crear un himno; como sabemos, en la letra el ganador fue Francisco González Bocanegra y en la música el español Jaime Nunó, lo cual sería un sacrilegio en estos tiempos de la revolución de las conciencias, cuando los alumnos de educación básica naufragan en el ancho mar de la ignorancia soberana, como se ha visto en estos días.
Así pues, dos antiguos villanos propiciaron los símbolos de nuestra identidad, y otro, Porfirio Díaz, estableció la noche del 15 de septiembre para la ceremonia del Grito. Nadie los nombrará en las plazas públicas, seguramente con razón. Pero su legado continúa vigente, y no sólo en los emblemas patrios sino también en las derivas autoritarias del actual régimen.
Claudia Sheinbaum ondeará orgullosa la bandera desde el balcón central de Palacio Nacional este martes, gritará arengas independentistas y luego, junto con la fervorosa multitud, entonará el himno, convertido en invocación en sus conferencias cuando se ha mencionado la posibilidad de una intervención de Estados Unidos en nuestro país.
“Tenemos el Himno Nacional”, ha dicho, subrayando uno de sus versos: “Un soldado en cada hijo te dio”. Suena bien, ¿pero alguien puede imaginar a los hermanos López Beltrán lanzándose a combatir al “extraño enemigo” en defensa de la patria? ¿A Noroña, Jesús Ramírez, Jenaro Villamil o Adán Augusto? ¿A Layda Sansores o Clara Brugada? ¿A alguien de la fantasmal oposición, donde Alejandro Moreno tiene la lengua afilada, pero nada más?
La verdadera defensa de la soberanía debería comenzar por la educación de los niños y las niñas, pero ahí, con la nueva escuela mexicana, vamos perdiendo la guerra.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.