El azorado cartujo mira a dos empleados limpiarle los zapatos al presidente de la SCJN, quien mira al horizonte imaginando —tal vez— el celestial sonido de los acordeones, ajeno a las palabras de otro indígena, también oaxaqueño y presidente de la Suprema Corte, Benito Juárez, quien dijo: “Nunca abuses del poder humillando a tus semejantes, porque el poder termina y el recuerdo perdura”. Queda pues esa imagen de los subalternos postrados ante ese hombre “modesto y sencillo”, como lo describió Claudia Sheinbaum en la ceremonia por el Aniversario de la Constitución de 1917 en Querétaro, dañado por el mal de altura.
Quedan en la memoria otras escenas de este tiempo “de transformación” protagonizadas por Adán Augusto, Noroña, Cuauhtémoc, Cuitláhuac, Layda… y otros ilustres egresados de la escuela de la procacidad y el cinismo.
En su libro El rugido de nuestro tiempo: Batallas culturales, trifulcas políticas (Taurus, 2025), el ensayista colombiano Carlos Granés escribe: “Los líderes políticos, que deben ser agentes racionales y ejercer la responsabilidad pública, se han convertido en alborotadores que trafican con las bajas pasiones”. Ellos han hecho de su trabajo una perpetua farándula, un performance grotesco mientras a los creadores, a los poetas y artistas, se les obliga a una vida moralmente ejemplar, sin excesos ni provocaciones, como lo exigen las convocatorias de premios de poesía y dramaturgia suscritas por el INBAL.
La cultura —dice Granés— siempre ha sido libre, subversiva, incómoda, crítica, pero ahora se le quiere domesticar desde una presunta —y vacía— “superioridad moral, desde el buenismo y la corrección política”.
Ahí está el peligro para los creadores, previene el autor de Delirio americano: “En nuestro tiempo, el creador se ha condenado a sí mismo a ser un santurrón y un sumiso de la moral imperante. Mientras tanto, los políticos son los nuevos demiurgos que promueven el teatro y la ficción, pero no en los escenarios y los libros sino en la calle”, confundiendo a la gente, alterando la realidad, reduciendo la política “al espectáculo de la confrontación”.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.