El cartujo recuerda la ciudad de su infancia. Fue un callejero consumado, como casi todos sus amigos y vecinos. Eran libres y un poco salvajes, andaban por todas partes, jugaban con rudeza (“caballazos”, por ejemplo), se subían de “mosca” a los camiones o tranvías, iban solos al cine y caminaban por callejones oscuros burlándose de quien expresaba algún temor. Era otra ciudad y otra manera de vivir la niñez. Los mayores pretendían intimidarlos con historias de robachicos y a veces alguna noticia en el periódico sobre niños atropellados o perdidos provocaba un obligado paréntesis en su vagancia, pero quién iba a detenerlos si la calle era suya, como era de los jóvenes y adultos.
En la novela Radicales libres (Alfaguara, 2021), de Rosa Beltrán, la narradora rememora su infancia en los años sesenta: “El ritual por las tardes se repetía: cada día jugar los mismos juegos en la calle, resorte, bote pateado, bicicleta, porque entonces se vivía en la calle y eso era normal. […] Para nosotros la calle era la extensión de nuestra casa. Vivíamos en la calle”.
¿Cuándo perdieron los niños el sagrado derecho a jugar en la calle? ¿Quién permite ahora a sus hijos pequeños salir solos, aunque sea a la tienda de al lado? Las noticias sobre desapariciones de menores han dejado de ser excepcionales para volverse parte de una pavorosa cotidianidad. En este día de celebración para los niños y las niñas no estaría mal reflexionar sobre su presente y futuro, cuando después del encierro por la pandemia no pueden pasear o jugar en las calles de su barrio sin el peligro, siempre latente, de no volver a casa.
De acuerdo con Tania Ramírez Hernández, directora ejecutiva de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), en el sexenio de Felipe Calderón se reportaron 2,313 desapariciones de “personas entre 0 y 17 años”; en el de Enrique Peña Nieto 6,103, y en los tres años de la actual administración se han registrado: 19,445, de las cuales continúan sin aparecer 2,232 mujeres y 1,797 hombres, mientras 166 fueron encontradas muertas. Así están las cosas, pero poco se hace por cambiarlas.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.
José Luis Martínez S.