El presidente Andrés Manuel López Obrador conoce la “Parábola de los talentos” (Mateo 25: 14-30), en la cual un hombre a punto de ausentarse de su tierra llama a tres de sus siervos y les encarga su dinero: a uno le da cinco talentos (cada talento equivalía a 21 kilos de plata), a otro dos y al último uno. El primero y el segundo se esfuerzan, invierten y duplican el capital, el tercero cava un hoyo y lo esconde para evitar perderlo, consciente del mal carácter de su amo.
Cuando el señor regresa y hace cuentas con ellos, se muestra feliz con los primeros y se enfurece con el último, quien en vez de poner a trabajar el dinero lo hizo improductivo por temor a extraviarlo. Lo llama malo, inútil, perezoso, y ordena echarlo a las tinieblas. “Allá será el llanto y el rechinar de dientes”, proclama.
El cartujo recuerda la parábola al leer la columna de Luis Miguel González en el periódico El Economista, donde hace un balance del subejercicio presupuestal en 2019, con gran costo para todos —dice— al contribuir al estancamiento económico, como bien lo sabe el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, a quien le sobran conocimientos y le falta carácter para imponer sus observaciones.
“Tener dinero y no gastarlo puede ser una virtud en el ámbito de lo privado —escribe Luis Miguel—. Es todo lo contrario cuando se trata de presupuesto público: es un problema, casi un pecado, si apelamos al léxico religioso. A Petróleos Mexicanos (Pemex) se le asignaron 271,656 millones de pesos para invertir en obras para el 2019; al término de octubre, solo había licitado contratos por 76,153 millones de pesos, equivalentes a 28% del total para el año. Para la Comisión Federal de Electricidad (CFE), fueron 41,460 millones, de los cuales solo ha licitado 8,501 millones de pesos, 20.5 por ciento. En el caso de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), las licitaciones suman 1,401 millones, 16% de un presupuesto asignado de 8,526 millones de pesos”.
Los directores de estas instituciones: Octavio Romero Oropeza, de Pemex; Manuel Bartlett Díaz, de la CFE, y Blanca Elena Jiménez Cisneros, de la Conagua, han actuado hasta ahora como el último de los siervos de la parábola: temerosos de ejercer el presupuesto, han contribuido al raquítico desarrollo económico del país en el primer año del nuevo gobierno, o del nuevo régimen como prefiere decir el Presidente de la República.
“El presupuesto —explica González— sirve para activar la economía, cuando se gasta o invierte eficientemente. No sirve de nada si se queda guardado en las arcas o languidece en alguna cuenta bancaria”. Tal vez, especula, esta actitud medrosa es un “efecto no deseado de la austeridad que pregona López Obrador”, quizá estos funcionarios tienen miedo de verse como manirrotos y esconden el presupuesto en vez de invertirlo.
El columnista aclara: él se refiere al presupuesto de obra de las dependencias, sin contemplar “el gasto corriente, donde ahorrar, por lo general, es una buena práctica”. Sin embargo, “algunos funcionarios no entienden la diferencia entre bajar el gasto corriente y cerrar la llave de la inversión o las obras”, dándole en la torre a la economía nacional.
De continuar con tal actitud, no estaría mal llamar a cuentas a estos personajes —y con ellos a algunos otros— para exigirles hacer productivo el presupuesto, de lo contrario, como dice la Biblia, por malos, inútiles y perezosos deberían echarlos a las tinieblas, donde “será el llanto y el rechinar de dientes”, fuera del paraíso de la 4T.
Tengan para que aprendan
En ocasiones, al escuchar los autoelogios del Presidente mientras endilga a sus adversarios los calificativos de todos conocidos, el monje piensa en la “Parábola del fariseo y el publicano” (Lucas 18:9-14). En esta narración atribuida a Jesús, dos hombres suben al templo a orar, un fariseo y un publicano. El fariseo, puesto de pie pregonaba: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano…”. En tanto el publicano, con la vista en el suelo, se golpeaba el pecho diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Al terminar de contarla, Jesús dijo a sus oyentes: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
¿Cuántas veces hemos escuchado a López Obrador denostar a los “publicanos”? Decir, por ejemplo, cuando alguien critica sus decisiones o hace referencias a personajes del pasado: “vámonos respetando, no somos iguales”, “no me confundan, porque eso sí calienta”, “nosotros no somos hipócritas, y es algo que cuidamos, la honestidad, la congruencia”.
El echarse porras es una constante en el primer mandatario, todos los días y en todas las cosas. El viernes en su conferencia en Palacio Nacional, en cuyos alrededores los balazos ahuyentan los abrazos, contra las cifras oficiales, reiteró el buen estado de las finanzas públicas, destacando, entre otras cosas, el crecimiento del turismo y las remesas, como si estas fueran un logro de su gobierno. Al final, de buen humor, dijo: “estoy tan presumido el día de hoy que nada más me falta decir: tengan para que aprendan”.
Y eso cuando el país tiene un crecimiento cero y las expectativas para 2020 no son precisamente halagüeñas. Pero así es cuando la autocrítica brilla por su ausencia y uno se cree pilar de un nuevo tiempo.
Queridos cinco lectores, arrastrando la cobija en la FIL de Guadalajara, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.