¿Y si ya?

  • Columna invitada
  • Josué Becerra

Monterrey /

Sí. Una reflexión más sobre lo vivido el domingo y durante las cuatro semanas anteriores. Es imposible no reconocer cómo vibró México durante esos 25 días en los que, como ningún otro país y nunca antes, vivimos la emoción no sólo del futbol, sino de ser anfitriones, por tercera ocasión, del evento deportivo más grande del mundo.

Por eso resulta inevitable preguntarnos: ¿Qué nos deja esta experiencia? ¿Qué aprendimos? ¿Qué tan diferentes somos después de este mes?

Más allá de un marcador en la cancha, de las cascadas de emociones entre la ilusión y la derrota, el saldo de aprendizajes y moralejas debería impresionarnos. Culturalmente somos un ejemplo de color, pasión y resiliencia. Somos un país capaz de sobreponerse a la tragedia, como ocurrió tras el sismo de 1985, y apenas unos meses después volver a contagiar al mundo con el entusiasmo del Mundial de 1986.

Hoy, el México que queda después de esta gran fiesta también es otro.

En lo futbolístico abundarán los análisis sobre el rendimiento de la Selección, su futuro competitivo y el lugar que alcanzó. Todos somos directores técnicos, analistas deportivos e incluso jugadores experimentados cuando llega el momento de opinar cómo debería jugar un equipo.

Pero, socialmente, hoy nos corresponde ser mejores ciudadanos, trabajadores más responsables y mexicanos más honestos. En la autocrítica debemos encontrar aquello que nos distingue, no frente a los extranjeros, sino frente a nosotros mismos.

¿Y si sí? ¿Y si de verdad ya nos la creemos? ¿Y si entendimos que podemos respetar las reglas y a las autoridades sin brincar bardas ni derribar rejas, sin poner en riesgo nuestra integridad ni la de los demás? ¿Y si aprendimos a participar más y a vigilar el comportamiento colectivo para evitar tumultos que cobren vidas? ¿Y si asumimos la responsabilidad de cuidar nuestro entorno y dejar de contaminar el lugar donde vivimos?

Si aprendimos que perder con la frente en alto no doblega el orgullo mexicano, también podemos entender que un abrazo tiene el poder de renovar la unidad. Que es posible transformar más haciendo y actuando que diciendo y opinando.

¿Y si al final de este Mundial ya somos mejores mexicanos?


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