Ahora…, ¡cómo dueles La Unión!

  • Columna de Juan Noé Fernández Andrade
  • Juan Noé Fernández Andrade

Laguna /
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El 9 de noviembre de 2024, escribí en mi columna sabatina lo que copio en los siguientes cinco párrafos:

“Me dueles Dalias”, frase que resume y encierra el sentimiento humano que acongoja a muchos pobladores de la colonia Las Dalias.

De todo lo que se ha dicho luego de los trágicos hechos ocurridos allá en el olvidado suroriente de Torreón, lo que expresó en redes sociales un vecino del lugar es lapidario.

El alcalde Román Alberto Cepeda González minimiza –por enésima vez- lo ocurrido, y muestra y demuestra que ni el dolor ni la injusticia, en tanto el escenario y la gente no sean de su clase social, le importan.

Eso de que ‘hay mucho qué lamentar, sin duda, pero al final del camino seguimos trabajando duro con la prevención’ es más que lamentabilísima, una desdichada declaración.

La seguridad pública en la ciudad –y en Coahuila, la presume la alta burocracia estatal- se hizo polvo, vaporosa. ¿Hay de veras una estrategia?”

Casi podría poner lo mismo a propósito de lo sucedido en el ejido La Unión, ubicado en el norte de Torreón. 

Los hechos acontecidos la mañana de este jueves 1 de octubre, ya los conoce toda la región, todo México y le dio la vuelta al mundo. 

No lo referiré aquí. En su dimensión, son parecidos a los de la madrugada del 3 de noviembre de 2024, que causó la muerte de dos jóvenes adultos y la detención de 11 personas más.

Los protagonistas, otra vez, muchachos hijos de una familia “desintegrada”, como la calificó el fiscal del estado, Federico Fernández Montañez.

El escenario, un sector habitacional poco procurado por las instancias gubernamentales.

El gobernador Manolo Jiménez Salinas de inmediato advirtió: "se aplicará todo el peso de la ley" porque "quien la hace… la paga", una vez enterado del ataque ocurrido en la Escuela Secundaria General No. 13 de parte de hermanos cuates ex alumnos del plantel.

La noticia de la tragedia echa daña la imagen de una ciudad y un estado que, dicen sus autoridades, se ubica en lo alto de la seguridad ciudadana y son ejemplo en el país. 

La realidad es que poco se habla en los medios nacionales, y menos en los internacionales, de Torreón y de Coahuila, por lo que el problema hiere a ambas y cuestiona ese discurso. 

La seguridad oficial es canalizar millones al armamento de las policías, pero no toma en cuenta a los jóvenes, a los planteles educativos, al vecindario ni al peatón en el primer cuadro de la ciudad. Hay prioridades políticas.

Escucho y leo los medios. La presidenta Sheinbaum expuso que por el asunto de La Unión, su gobierno adoptará medidas que traten de contener un factor esencial en la conducta agresiva de la juventud: las redes y plataformas sociales. 

Un fenómeno que desemboca en actos criminales, como es el acontecido en Torreón y que exhibe en la vitrina, para disgusto, creo yo, a los gobiernos locales.

Hace dos años el finado alcalde Román Cepeda, expresó, por lo de Las Dalias, que ‘hay mucho qué lamentar, sin duda, pero al final del camino seguimos trabajando duro con la prevención’. Nomás fue otra de sus desafortunadas declaraciones. 

La prevención es inexistente. Las patrullas sí van a las colonias populares, detienen a muchos jóvenes y hombres adultos y, como dicen en el argot policíaco, solo los “basculean”.

¿Qué hacen los gobiernos por colonias y sectores olvidados, abandonados a su suerte? ¿Por qué tienen que ser reactivos, e implacables para corregir lo que no previnieron ni vislumbraron por-que-no-les-in-te-re-sa? 

¿Hace cuánto que no despliegan programas concretos que busquen educar, culturizar, detectar talentos, apoyarlos y añadir bondad a su entorno en La Unión? 

¿De veras han visto por la salud mental de la gente? ¿Y la niñez y jóvenes del ejido? ¿No merecían desde hace años tener actividades culturales, educativas, deportivas, de atención prioritaria después, digamos, de la pandemia del Covid? ¿Y las tareas del DIF municipal y el estatal? 

¿Y las universidades públicas, en primer lugar, y las privadas en seguida, no podrían vincularse con la necia y durísima realidad del creciente cinturón de miseria y abandono que rodea a Torreón? 

La verdad, duele y cuesta decirlo, pero nuestro querido Torreón se encamina desbordado a una punzante estratificación social.

Los pobres solo son tomados para llevarlos a las urnas electorales.

Lamento lo sucedido, pero más lamento que no haya la voluntad de transformar la vida de conglomerados humanos cuando el ejercicio de gobierno tendría que voltear a verlos y buscar reinsertarlos en la dignidad que como ciudadanos merecen.

Los hermanos responsables del hecho sangriento, mortal, ya están detenidos. Sus padres, según rumores, se fueron. 

Los llamados “Cuates” estuvieron, están y estarán solos, enajenados, despersonalizados por una modernidad terriblemente inhumana. ¿La aceptamos? ¿La cambiamos? ¿O dejamos que siga su curso?

La justicia de lo justo no la conocen en esos núcleos de población.

¡Cómo dueles, La Unión!

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