¿Qué sigue al fallecimiento de un amigo? La noche va cubriendo el puerto, espero en una esquina que llegue, con su cigarro prendido a los días, el paliacate, la barba acicalada. En la plaza de armas, ha comenzado el Festival de jazz y no aparece.
En el pórtico del Palacio Municipal, un gato nos mira, el trompetista mueve su pie y me dice, que él estará en el cráter de la luna mirándonos con alegría, acompañado de un vaso largo con dos hielos, poca coca y mucho ron.
Las notas blancas y negras del piano, saltarinas bailan con la percusión, la trompeta, el saxofón, un acento sincopado, la batería responde a la improvisación, el nombre de Charlie Parker en la periferia.
Los músicos, las cantantes, movieron el espíritu hasta del más retraído, del que fue a pasar lista y a comer y a platicar, de los políticos que no sabían qué pasaba con esas notas dulces, fuertes y con el júbilo de los tampiqueños. Y en un suspiro jazzístico, es inevitable no relacionarlo con Julio Cortázar.
El Perseguidor, un cuento inspirado en la vida de Ch. Parker, ambientado en París. Un crítico de jazz no comprende por qué un genio de la música puede perder su talento entre las drogas y el alcohol.
Es un homenaje a esa búsqueda de un poeta, un músico, un pintor, para encontrar lo inmanente de su arte, la comunión sin tiempo y espacio.
La narración tiene dos epígrafes, uno del Apocalipsis: Sé fiel hasta la muerte y otro del poeta Dylan Thomas: O make me a mask; O hazme una máscara. Dice Juan García Ponce; Cortázar en el relato persigue un absoluto que es imposible de tocar, y como es imposible tocarlo sólo queda construirse una máscara que permita disimular esta imposibilidad.
¿Cuántas máscaras adoptamos en la vida? En el arte se vive en libertad, la creación extiende sus alas con fuerza. Mueve fibras, hace que la música se meta en el tiempo, las cosas que parecen duras se vuelven elásticas, el color impregna los sentidos.
Conmueve la vida y gloria de tantos virtuosos, que en su búsqueda dejaron obras magníficas, para deleite universal, sin interés de llevar agua a su molino.
Con el ritmo del saxofón, del buen Charlie Parker, abro la ventana y saltó al cráter de la luna, a inflamar mis recuerdos, que burlan aduanas, emigran y se vuelven infinitos.
Carpe diem.