El sesgo histórico

Ciudad de México /
Los populismos recurren a este uso instrumental del pasado. ArianaPérez


Los antiguos mexicanos…

Miguel León-Portilla

La política y la historia mantienen una relación inevitable y peligrosa: la primera busca legitimarse en el pasado, la segunda intenta comprenderlo sin obedecer al poder. El problema surge cuando esa tensión se rompe y la historia deja de ser interpretación crítica para convertirse en propaganda.

En ese gesto, la historia se congela, se vuelve teleológica, cerrada, una historia de bronce hecha de héroes, gestas y enemigos nítidos. No explica, legitima. No duda, afirma. Así, la complejidad del pasado se reduce a un esquema binario que divide entre justos y culpables. La propaganda histórica es un mecanismo de poder cuyo objetivo es polarizar.

Los populismos recurren a este uso instrumental del pasado: la Venezuela bolivariana o la Nicaragua sandinista muestran cómo la historia se transforma en un recurso persuasivo para justificar decisiones presentes. Hoy se intenta la fabricación de un pasado prehispánico idílico, un tiempo armónico y moralmente superior, despojado de sus conflictos internos, de la guerra, del canibalismo ritual y de los sacrificios humanos documentados por la investigación histórica. No se trata aquí de reivindicar la violencia del pasado, sino de señalar la idealización selectiva que convierte a los pueblos originarios en un mito funcional a proyectos políticos contemporáneos.

Esta imagen purificada no busca comprender la complejidad de las civilizaciones prehispánicas, sino utilizarlas como reserva moral frente al presente. El pasado se vuelve coartada: un espejo idealizado que legitima discursos de identidad, victimización o redención política. Al eliminar sus contradicciones, se le priva de historicidad y se le transforma en emblema; deja de ser conocimiento crítico para convertirse en relato consolador que lejos de iluminar el presente, es instrumentalizado para silenciarlo.

El tiempo no absuelve ni condena, lo hacen los relatos construidos desde posiciones de poder; sin embargo, el compromiso del historiador no es con una causa, sino con la verdad. La historia no es un tribunal ni un monumento: es un campo de disputa. Defenderla de su conversión en propaganda es defender el pensamiento histórico frente a la tentación autoritaria de las certezas absolutas.


  • Liébano Sáenz
  • Abogado, administrador, funcionario público, columnista y analista político mexicano /Escribe todos los sábados su columna Paralaje.
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