Dicen que cuando el mensaje que se pretende trasmitir en un texto, o en cualquier otra forma de comunicación, es claro, el mismo no requiere de ser explicado, y que el hacerlo, sólo empobrece la posible amplitud de interpretaciones que dicho mensaje pueda generar.
Pero cuando como en el título de estas líneas, en el que se lee duplicada una palabra, cabe aclarar que la repetición no es ni accidental ni fortuita, sino que la reiteración es completamente intencional, por la doble importancia que para los efectos de estas líneas tiene el término “poder”, tanto en su significado como sustantivo, como en su aplicación como verbo.
Hoy en día quizá como desde siempre ha sucedido, en su acepción como sustantivo, el uso y abuso del “poder”, se ha convertido en un trastorno psico-patológico que afecta la salud mental de muchos líderes políticos, de cuyas decisiones depende la calidad de vida de miles de personas, o incluso, a la luz de los tiempos que vivimos, la sobrevivencia de la humanidad misma, cumpliéndose aquel aforismo de Lord Acton, que en 1887 dijera:
El poder corrompe, y el poder absoluto, corrompe absolutamente”.
Mientras que “poder”, en su uso como verbo, sugiere la capacidad, el permiso o la aptitud mental o física para hacer algo, idea que cuando no se malinterpreta como permisividad, sino como un principio personal de calidad humana y una auto arenga motivacional como un: “quiero, puedo, debo”; expresado años antes por Immanuel Kant en 1788 donde “el querer algo y la capacidad de poder hacerlo”, se supeditan a la “condición moral del deber”, sintetizado esto por Kant en un concepto ético de: “puedes porque debes”.
En esta paradójica postmodernidad en que las brújulas analógicas pueden geográficamente orientarnos con precisión extrema, al parecer los seres humanos hemos perdido la brújula ética del bien y el mal, que nos permite elegir el camino que conduce a la paz interior, a través de la reflexión y el autoconocimiento.
Tal vez aplicando el poder de poder elegir, pudiéramos reencontrarlo.