Hace más de dos siglos Giacomo Leopardi (1798-1837) escribió su Canto XIII, “La noche del día de fiesta”. Tengo tres versiones al español, y una cuarta, muy buena, de Eduardo Lizalde en Baja traición (La Cabra Ediciones, 2009). Pero la primera vez que supe de él fue en un poema de Mark Strand que cierra sus Selected poems (Knopf, 1980). Se titula “Leopardi” y es como un texto que adapta al inglés el Canto de Leopardi y lo lleva a otra situación personal. Viene mencionado el nombre “Jules” (Garretson): era su esposa cuando Strand lo escribió. El conjunto es para mí el mejor poema de cumpleaños que haya leído. Lo traduje hace tiempo y lo traigo ahora a esta nota. Las mayúsculas al inicio indican que hay comienzo de verso.
La noche es cálida y clara, y sin viento.
La luna de piedra blanca espera sobre los tejados
Y sobre el río cercano. Las calles, quietas;
Y los faroles de las esquinas brillan sólo sobre las formas encorvadas de los coches.
Tú duermes. Y el sueño se congrega en tu cuarto
Y nada te perturba en este momento. Jules:
Una vieja herida se ha abierto y siento su dolor de nuevo.
Mientras duermes he salido a ofrecer mis respetos tardíos
Al cielo que parece tan amable
Y al mundo que no lo es y que me dice:
“No te doy ningún tipo esperanza. Ni siquiera esperanza”.
Calle abajo, la voz de un borracho
Que canta una canción irreconocible
Y algún coche una cuadras más allá.
Las cosas pasan y no dejan huella,
Y el mañana vendrá, y el día siguiente,
Y el tiempo se ha llevado cuanto supieron nuestros ancestros.
Ellos se fueron y sus hijos se fueron
Y las grandes naciones se fueron.
Y se fueron los ejércitos que enviaban nubes de polvo y humo
A rodar por Europa. El mundo, tranquilo; y ya no los oímos.
Una vez, cuando yo era niño, y el cumpleaños por el que tanto había esperado
Se acabó, yo estaba sobre mi cama, despierto y miserable, y ya muy tarde,
Esa noche el sonido de la voz de alguien que cantaba calle abajo,
Perdiéndose poco a poco en la distancia,
Me hirió, como este me hiere ahora.