Todos los santistas saben la respuesta a esa pregunta: Verdiblanca.
Nos hemos acostumbrado a la tristeza, a la vergüenza, a la humillación, a la miseria, a las burlas: a ser un equipo, no chico, mediocre.
No queda más, no hay más.
Lo único que queda es el recuerdo de lo que fue y difícilmente volverá a ser. Ya no existe esperanza.
Lo peor de todo es que ya hemos normalizado el fracaso, aunque desde dentro digan que no.
Cada día que pasa me estoy convenciendo de que no es verdad eso de que les importa la región y que tienen un compromiso para con La Laguna.
En la idea se dice, pero en los hechos pasa todo lo contrario. Llevamos así, por lo menos, seis años.
Me considero santista (aunque haya quien lo dude) desde aquella vez que, a mis 12 años, mi papá me llevó por primera vez al viejo Estadio Corona.
El Santos es el equipo de mi sangre. Claro que habemos a quienes de verdad nos duele la situación actual, a diferencia de los que dicen sentir dolor y no hacen nada para que esto cambie.
Pueden pero (parece ser) no quieren. En Puebla el Santos tocó fondo; ya ni siquiera jugó tan bien, porque casi no generó aproximaciones claras de gol y demostró total vulnerabilidad e incapacidad para conservar el marcador cuando se puso en ventaja.
Eso es trabajo táctico, eso es trabajo de entrenamientos y Renato Paiva se da cuenta de todo lo que pasa en la cancha pero no hace nada para cambiarlo.
En un partido trepidante, Puebla y Santos nos divirtieron, pero esa diversión se transformó en tortura cada vez que veíamos que el Santos iba derrumbándose.
Y eso no se lo merece la afición santista: que su equipo poco a poco se va derrumbando como un endeble castillo de naipes.
Sin oponer resistencia, sin meter las manos (en este caso los pies), sin tener un horizonte esperanzador, sin existencia de la más mínima reacción durante el juego.
El Santos es un flan que a veces juega muy bien, pero es cuestión de que sople el viento, o tenga algún mínimo apuro, y termina siendo exterminado por sus rivales.
El Santos está eliminado una vez más. No nos engañemos. Ya no hay nada qué hacer, por más que se juegue bien, por más que haya probabilidades matemáticas y por más que nos vendan la idea de una remontada histórica.
Un nuevo fracaso que se suma a la montaña existente.
Qué lástima que haya gente que se rodea de personas que supuestamente son sus amigos en las pachangas, pero que no se atreven a hacerle ver la cruda realidad.
Las críticas también son a largo plazo.