La mejor despedida se construye en vida

Tamaulipas /
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Hay personas que ocupan un cargo. Y hay otras que convierten ese cargo en una forma de servir. Y el Dr. Héctor Zamarripa Gutiérrez perteneció a ese segundo grupo. Durante décadas dedicó su vida a la medicina con una convicción sencilla, pero profunda: poner al paciente en el centro de cada decisión.

Como director médico del Hospital Regional de Alta Especialidad de Cd. Victoria ayudó a consolidar una institución que hoy representa esperanza para miles de familias de Tamaulipas. Su trabajo no se limitó a administrar un hospital; impulsó una atención basada en la calidad, el trato humano y la formación de nuevas generaciones de especialistas.

Alguna vez mi padre, QEPD, me dijo algo que nunca olvidé: "Sabes que una persona hizo bien las cosas cuando llega el día de su funeral y el lugar está lleno". Con el tiempo entendí el verdadero significado de esas palabras.

No se trata del número de personas presentes, sino de todas las vidas que esa persona tocó, de la ayuda que brindó sin esperar nada a cambio y del cariño que sembró a lo largo de su camino.

Un funeral lleno es, muchas veces, la forma más sincera en que una comunidad expresa su respeto, su gratitud y el legado que alguien dejó en el corazón de los demás.

Quienes lo conocieron hablan de un médico comprometido, cercano y siempre dispuesto a escuchar. Un profesional que entendía que detrás de cada expediente había una historia, una familia y una vida esperando una oportunidad.

Esa vocación de servicio fue la que marcó su camino y la que le ganó el respeto de colegas, alumnos y pacientes.

En tiempos difíciles defendió el trabajo de la institución y recordó que el hospital existía para servir a la población, convencido de que la salud debía brindarse con responsabilidad, humanidad y sentido de compromiso. Ese fue uno de los principios que guiaron su carrera y que hoy forman parte de su legado.

La partida del doctor deja un vacío imposible de llenar. Pero también deja algo mucho más fuerte: el ejemplo. Porque las personas verdaderamente valiosas no desaparecen cuando se van; permanecen en cada médico al que ayudaron a formar, en cada paciente que recibió una segunda oportunidad y en cada compañero que aprendió de su manera de entender la profesión.

Hoy el dolor de su ausencia se mezcla con un profundo sentimiento de gratitud. Gratitud por una vida entregada al servicio de los demás, por una trayectoria construida con trabajo diario y por un legado que seguirá presente mucho tiempo.

Mi abrazo más sincero es para su familia, que fue, sin duda, el motor de su vida y de manera muy especial a su hija Mónica. Su último adiós duele, pero más que recordar el día en que partió, vale la pena celebrar todo lo que vivió, todo lo que entregó y la huella profunda que dejó en su familia, en sus amigos, en sus compañeros y en la historia de la salud de Tamaulipas.


  • Magda Bárcenas Castro
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