El otro día, mientras esperaba mi turno en la cafetería, escuché sin querer la conversación de unos jóvenes en la mesa de al lado. Hablaban en voz baja, pero con una sinceridad que atravesaba el ruido del lugar. Uno de ellos dijo: “Siento que no soy suficiente… y por eso ya ni intento”.
Los demás asintieron, como si esa frase fuera un idioma común entre ellos. No era dramatismo, era cansancio. Ese tipo de cansancio que viene de pelear todos los días con una voz interna que siempre llega primero para decirte que no.
Esa voz no aparece de la nada. Desde la psicología, una de las ideas que ayuda a entenderlo es la teoría del “crítico interno”, desarrollada por el psicólogo Eugene Sagan y ampliamente retomada por autores como Hal Stone y Sidra Stone dentro de su libro “Diálogo de Voces”.
Esta perspectiva explica que dentro de nosotros se construyen “voces internas” a partir de experiencias tempranas, especialmente de los mensajes que recibimos en la infancia. Cuando a un niño se le repite -explícita o sutilmente- que no es suficiente, que debe hacerlo mejor, que no alcanza, ese mensaje puede echar raíces profundas.
Con el tiempo, ya no hace falta que alguien más lo diga: la propia mente se encarga de repetirlo. Como adultos, solemos subestimar el poder de nuestras palabras. Pensamos que son momentáneas, que se las lleva el viento.
Pero no siempre es así. A veces, una frase se queda a vivir en alguien durante años. Por eso, elegir cómo hablamos -especialmente con niños y jóvenes- no es un detalle menor: puede ser la diferencia entre construir seguridad o sembrar duda.
También es importante reconocer que esa sensación de “no ser suficiente” no es exclusiva de unos cuantos. Todos, en algún momento, la hemos sentido. La diferencia está en si la cuestionamos o la creemos ciegamente.
Porque, en el fondo, se trata de una percepción: una interpretación que puede estar distorsionada. Y si no la revisamos, puede crecer hasta ocupar más espacio del que merece, limitando decisiones, oportunidades y sueños.
¿Cómo evitar caer en esa trampa? Empezando por identificar esa voz interna y preguntarnos: ¿esto que me digo es un hecho o es una creencia? Practicar la autocompasión, rodearnos de entornos que no refuercen esa narrativa y, sobre todo, aprender a hablarnos con la misma amabilidad que ofrecemos a otros. No es un proceso inmediato, pero sí posible.
Desde mi experiencia como docente, he visto cómo una palabra puede encender o apagar la motivación de un alumno. He aprendido a cuidar lo que digo, pero también cómo lo digo. Porque detrás de cada estudiante hay una historia que no siempre conocemos, y quizá una sola frase puede cambiar la manera en que se perciben a sí mismos.
Tal vez la próxima vez que esa voz aparezca -o que estemos a punto de dirigirnos a alguien más- valga la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿esto construye o destruye? Porque, al final, las palabras no solo describen realidades… también las crean.