Sin rencores: cuando el alumno se convierte en médico

Tamaulipas /
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Hoy, después de dar clases, me quedé platicando en los pasillos de la UNE. Hablábamos de esos muchachos que vemos entrar a nuestras aulas con tantas dudas y miedos; de cómo, poco a poco, van fortaleciendo habilidades y descubriendo de qué están hechos. Y un día, casi sin darnos cuenta, dejamos de verlos con la mochila al hombro para encontrarlos en los hospitales, convertidos en los profesionistas que alguna vez soñaron ser.

Entonces mi compañera Carmen me contó una anécdota de cuando un doctor se encontró con uno de sus antiguos alumnos en un quirófano. Pero aquella vez los papeles habían cambiado. Ya no eran maestro y estudiante. Ahora eran médico y paciente. Antes de comenzar la cirugía, el joven doctor se acercó a saludar a su antiguo maestro y, con la confianza de quien guarda un recuerdo entrañable, le dijo, jugando: Sin rencores…y sonrió.

Él entendió la broma y recordó los exámenes, las exigencias y las horas de estudio. Pero entonces el joven médico le dijo algo que vale más que cualquier reconocimiento: Usted me enseñó todo lo que sé, y lo que siempre se quedó en mí fue cuando nos dijo que debíamos estudiar mucho para salvar vidas.

Imaginen por un momento lo que debió sentir aquel profesor al escuchar esas palabras. Años de clases, explicaciones, tareas y preocupaciones resumidos en una frase. Todo aquello que quizá parecía olvidarse entre apuntes y exámenes seguía vivo en la memoria de su alumno.

El doctor salió del quirófano feliz porque la cirugía había sido un éxito y su maestro se encontraba bien. Hoy cuenta aquella historia con cariño, como quien conserva un recuerdo que le confirma que su trabajo dejó huella.

Y es que quienes nos dedicamos a la docencia pocas veces sabemos hasta dónde llegan nuestras palabras. No siempre vemos los resultados de inmediato. A veces corregimos trabajos sin imaginar que, detrás de eso se está formando alguien que algún día tendrá una vida en sus manos. Enseñamos, insistimos, pedimos disciplina y exigimos responsabilidad, aunque no siempre comprendamos cuánto de todo eso se quedará con nuestros alumnos. Hasta que la vida nos los devuelve.

Y entonces los encontramos en un consultorio, en un hospital o en un quirófano. Ya no necesitan que les expliquemos cómo hacer las cosas. Ahora son ellos quienes tienen que tomar decisiones, cuidar a otros y poner en práctica todo lo aprendido.

Ese día comprendemos que enseñar nunca fue solamente transmitir conocimientos. Quizá el mayor logro de un docente del área de Ciencias de la Salud no aparezca enseguida sino muchos años después, cuando un antiguo alumno recuerde nuestras palabras justo en el momento en que más las necesita.

Porque un maestro puede olvidar una calificación, una clase o una generación. Pero cuando un alumno lleva consigo una enseñanza que lo ayuda a cuidar y salvar vidas, algo de ese maestro sigue acompañándolo. Y entonces entendemos que valió la pena cada hora en el aula.


  • Magda Bárcenas Castro
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