Hay historias que deberían sacudirnos más de lo que lo hacen, como la de Toñito. Toñito tiene diez años. En Altamira recibió una descarga eléctrica por un cable energizado en la vía pública y tuvo que ser trasladado a Monterrey por la gravedad de sus lesiones, hace un par de días atrás.
Pero hay algo que vuelve este caso todavía más doloroso: vecinos aseguran que el problema ya había sido reportado antes. Es decir, el peligro estaba ahí antes de que Toñito lo tocara.
Y entonces cuesta mucho hablar de esto como si simplemente hubiera sido mala suerte, o algo que sucedió por un "simple error"; porque la calle por la que caminamos todos los días también debería ser un lugar donde podamos sentirnos seguras y seguros, independientemente de la edad que tengamos y no tendría que representar una amenaza para un niño que sale de su casa, para una persona mayor que va a la tienda o para alguien que simplemente intenta llegar caminando a algún lugar.
Sin embargo, en muchas de nuestras ciudades nos hemos acostumbrado a convivir con cosas que nunca deberían parecernos normales: banquetas rotas, registros abiertos, cables colgando, postes en malas condiciones, calles oscuras, rampas que no sirven, obstáculos que obligan a bajar al arroyo vehicular.
Uno aprende a esquivarlos. Y eso, quizá, es parte del problema. Nos hemos acostumbrado tanto al abandono que terminamos creyendo que cuidarnos de él es responsabilidad nuestra.
Le decimos a los niños que tengan cuidado, que miren dónde pisan, que no se acerquen, que no corran, pero ¿cuánto cuidado puede tener un niño de diez años frente a infraestructura que nunca debió representar un peligro para nadie?
Ahí es donde la conversación sobre justicia tiene que ser mucho más amplia. Claro que hay que investigar qué pasó con ese cable. Claro que hay que saber quién recibió los reportes, quién tenía la responsabilidad de atenderlos y por qué no se solucionó antes.
Pero si después de todo esto sólo se repara ese cable y seguimos adelante, habremos aprendido muy poco, porque seguramente hay otros cables. Otras banquetas, otros registros.
Otros riesgos que alguien ya vio y que todavía siguen esperando atención. La justicia para Toñito también debería significar que las autoridades revisen cómo están cuidando el espacio público y a quién están dejando fuera cuando lo hacen.
Es necesario que entendamos de una buena vez que una ciudad no debería medirse únicamente por sus avenidas, sus obras o la velocidad con la que circulan los autos.
También debe hacerse por algo mucho más sencillo como el hecho de si una niña o niño puede caminar de forma tranquila, si una persona mayor puede moverse sin miedo a caer, si alguien con discapacidad puede recorrer una banqueta sin encontrarse una barrera cada pocos metros. Eso también habla de qué vidas estamos cuidando.
Toñito tiene diez años. Tendría que estar pensando en cosas de niño, no enfrentando las consecuencias de una falla que los adultos y las instituciones debieron resolver antes.
Por eso exigir justicia para él no puede reducirse a reparar un cable. También tiene que significar evitar que el siguiente riesgo siga ahí, esperando a la siguiente persona.