El caudillo que no quería ser caudillo

  • Torre Azul
  • Marcelo Torres Cofiño

Laguna /
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Andrés Manuel López Obrador reapareció. El pretexto fue presentar Pueblo, su nuevo libro; el resultado, una hora con veinte minutos de discurso político desde Palenque. 

Él mismo reconoció que habló demasiado, comparándose con los monjes que guardan silencio hasta que pueden ir a la montaña a gritar. 

El problema no fue sola la duración; insufrible para cualquiera que tenga un poco de consciencia con respecto a la realidad del país que dejó el dictadorzuelo. 

Fueron, también, la sarta de mentiras que dijo.

Una de ellas merece especial atención. López Obrador recordó que uno de los objetivos de su gobierno fue acabar con la corrupción y sostuvo que logró disminuirla, aunque admitió:

 “Hay todavía, porque estaba muy arraigada”. 

Podría responderse, con datos reales en la mano, que “hay más que nunca”. 

No hace falta llegar tan lejos para exhibir la contradicción. Basta recordar Segalmex. La Auditoría Superior de la Federación documentó hallazgos no aclarados por más de 15 mil millones de pesos durante su sexenio; incluso el propio gobierno terminó reconociendo el desfalco y presentando denuncias penales. 

Y sin embargo, su querido amigo Ignacio Ovalle Fernández, sigue gozando de lo obtenido con absoluta impunidad, luego de que el propio Obrador, contraviniendo lo estipulado en la Constitución y las leyes que de ésta derivan, lo absolvió.

Y está el huachicol fiscal. Las investigaciones abiertas en los últimos años han revelado redes de contrabando de combustibles que operaron durante el gobierno de López Obrador, incluso en aduanas militarizadas. 

En uno de los expedientes analizados por El País, una sola red habría movido más de 800 millones de litros y provocado un daño fiscal de al menos 5 mil 400 millones de pesos. 

Así es que a AMLO no le queda, ni de cerca, presentar su administración como la historia consumada de una corrupción derrotada.

Después llegó otra lección: “no hay que tenerle mucho apego ni al poder, ni al dinero”. 

La Extraordinario consejo. Ojalá esa máxima hubiera servido como regla para todos los integrantes de su movimiento, incluidos familiares, amigos y antiguos colaboradores que han enfrentado cuestionamientos públicos sobre contratos, negocios o posibles conflictos de interés. 

Allí están los 13 ranchos de su hermano; por allá los viajes lujosos y las compras en tiendas de diseñador de sus hijos; más allá las prósperas cuentas de Adán Augusto… La lista de los apegados al poder es larga y todos la conocemos.

La contradicción resulta todavía más incómoda con su hijo Andrés Manuel López Beltrán. The New York Times reportó que al menos dos agencias estadounidenses están examinando señalamientos sobre posibles vínculos de “Andy” con crimen organizado y contrabando de combustible. 

Y aunque el Gobierno mexicano ha rechazado los señalamientos e insiste en que no hay pruebas, dice el viejo refrán que, cuando el río suena, es porque agua lleva y este río ya ha sonado demasiado.

López Obrador también volvió a definir la democracia: “el soberano, el que manda… es el pueblo”. 

El problema aparece cuando “el pueblo” parece significar únicamente quienes comparten su proyecto, mientras críticos, periodistas, empresarios u opositores son colocados sistemáticamente del lado de los enemigos.

Finalmente aseguró que nunca quiso ser “cacique ni caudillo, ni jefe máximo, ni poder detrás del trono”. 

Tal vez ahí esté la gran paradoja de su reaparición: un expresidente retirado que necesita hablar durante ochenta minutos sobre el rumbo del país, defender la obra de su movimiento, elogiar a su sucesora, reprender a sus adversarios y explicar nuevamente quién representa al verdadero pueblo.

No basta con decir que uno no es caudillo. También hay que aprender a dejar de comportarse como si la política nacional todavía necesitara girar alrededor de uno.

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