En México hay una extraña obsesión por apropiarse de los símbolos, aunque se traicionen sus significados.
Hoy, el discurso oficial insiste en proclamarse heredero del juarismo, como si bastara invocar a Benito Juárez para encarnar sus principios.
Pero basta revisar algunas de sus frases más emblemáticas para advertir la distancia —abismal— entre el ideario del Benemérito y la práctica política de Morena y sus aliados.
“Los hombres no son nada, los principios lo son todo”, decía Juárez.
Una sentencia incómoda para quienes, como AMLO y compañía, han hecho de la contradicción un método de gobierno.
Prometieron combatir la corrupción y terminaron normalizándola; juraron austeridad y hoy exhiben lujos que contradicen su narrativa; aseguraron que no mentirían, y han hecho de la mentira una herramienta cotidiana. Si los principios lo son todo, entonces el problema es evidente: han dejado de importar.
Juárez también afirmó que “la democracia es el destino de la humanidad; la libertad su brazo indestructible”.
Sin embargo, el debilitamiento sistemático de las instituciones, los ataques a organismos autónomos y la descalificación permanente de quien disiente muestran una ruta opuesta.
La democracia no se defiende con discursos, sino con reglas claras, contrapesos efectivos y respeto genuino a la pluralidad. Hoy, en cambio, se pretende reducirla a la voluntad de una mayoría coyuntural.
“No reconozco fuente de poder más pura que la opinión pública”. La frase resuena con ironía en un contexto donde el oficialismo habla “a nombre del pueblo” sin escuchar realmente sus voces.
Las madres buscadoras, los ambientalistas, los colectivos ciudadanos han sido ignorados o descalificados cuando sus demandas incomodan. Se invoca al pueblo, pero se evita el diálogo con quienes lo integran.
“Libre, y para mí sagrado, es el derecho de pensar”. ¿Qué diría Juárez ante intentos de imponer visiones únicas desde el poder, incluso en la formación de las nuevas generaciones?
Educar no es adoctrinar, y formar ciudadanos críticos implica justamente lo contrario: abrir espacios para la diversidad de ideas, no cerrarlos.
Otra advertencia del oaxaqueño resulta especialmente pertinente: “No deshonra a un hombre equivocarse. Lo que deshonra es la perseverancia en el error”.
Cancelar proyectos estratégicos como el NAICM sin sustento técnico suficiente, ignorar recomendaciones de expertos y persistir en decisiones cuestionadas como la Reforma Judicial, no es señal de firmeza, sino de obstinación.
Gobernar también implica corregir y Morena jamás lo hace.
“Con el pueblo todo, sin el pueblo nada” se ha convertido en consigna vacía cuando quienes la enarbolan se alejan de las condiciones reales de la ciudadanía.
El contraste entre el discurso de cercanía y las prácticas de privilegio resulta cada vez más evidente. No hay mayor distancia que la que separa las palabras de los hechos.
Y, finalmente, la máxima más célebre: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Hoy, ese principio parece desdibujado frente a decisiones que han afectado derechos básicos: acceso a la salud, seguridad, justicia, oportunidades.
La paz no se construye negando derechos, sino garantizándolos.
Si Juárez no hubiera muerto, probablemente no estaría del lado de quienes hoy lo invocan.
Porque el juarismo no es un discurso; es una ética. Y esa, hoy, brilla por su ausencia.