El grupo delictivo con origen en Jalisco se consolidó como uno de los principales proveedores de metanfetamina y fentanilo hacia Estados Unidos, por lo que la cooperación internacional no sólo debe enfocarse en seguridad e inteligencia, sino en rastreo financiero, sanciones económicas y persecución de redes de lavado en múltiples jurisdicciones
La caída de un líder criminal no es sólo la eliminación de un objetivo prioritario; es la ruptura de un símbolo que figura con la marca de terror, disciplina interna y cohesión criminal lo que no necesariamente significa el fin del poder que representaba, pero sí inaugura una etapa distinta: la del reacomodo.
Las organizaciones criminales modernas no dependen exclusivamente de un hombre evolucionan hacia un modelo semi-vertical con mandos regionales capaces de operar con autonomía financiera, logística y armada lo que les permite seguir operando, no olvidemos que al final son empresas criminales. La experiencia indica que en una sucesión inmediata, lo previsible es un liderazgo colegiado temporal, donde operadores territoriales y mandos tácticos mantengan el funcionamiento mientras se redefine el mando estratégico.
Sin embargo, hay un frente menos visible que resulta decisivo y que pocas veces ocupa el centro del debate: el financiero. Ninguna organización criminal de alcance transnacional sobrevive sólo con armas y violencia; lo hace mediante flujos de capital, redes de lavado y mecanismos de reinversión. Golpear el andamiaje económico puede resultar más desestabilizador que neutralizar a un líder.
Los grandes grupos delictivos del mundo construyen un sistema financiero paralelo sustentado en empresas fachada, inversiones inmobiliarias, comercio formal, agroindustria, minería ilegal y esquemas de lavado mediante transferencias internacionales y criptomonedas. Esta arquitectura permite transformar ganancias ilícitas en activos legales, financiar operaciones, pagar estructuras armadas y mantener redes de corrupción.
Si el Estado limita su acción al terreno operativo, la organización se adapta. Pero cuando se congelan cuentas, se decomisan bienes, se rastrean prestanombres y se persigue la ingeniería financiera, el impacto es estructural: se reduce la capacidad de pago, se debilita la lealtad interna y se fragmenta la cadena de mando.
En el corto plazo, la violencia puede intensificarse por disciplina interna y mensajes externos. En el mediano plazo, el riesgo cambia de naturaleza: disputas internas, autonomización de células y reajustes territoriales pueden redefinir el mapa criminal. Pero si simultáneamente se interrumpe el flujo financiero, esa transición se acelera y la cohesión se vuelve más frágil.
El impacto rebasa las fronteras nacionales. El grupo delictivo con origen en Jalisco se consolidó como uno de los principales proveedores de metanfetamina y fentanilo hacia Estados Unidos, por lo que la cooperación internacional no sólo debe enfocarse en seguridad e inteligencia, sino en rastreo financiero, sanciones económicas y persecución de redes de lavado en múltiples jurisdicciones.
Políticamente, el golpe representa una victoria operativa significativa. Refuerza la idea de capacidad estatal y cooperación internacional. Pero su legitimidad pública dependerá de lo que ocurra después.