México se está quedando sin una de las ventajas que durante décadas tuvo para crecer: una población joven suficientemente grande para sostener la expansión de su fuerza laboral; esto no significa que el país haya dejado de ser joven de un día para otro, pero la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI confirma que la estructura que hizo posible el llamado bono demográfico está cambiando y que detrás de ese cambio viene una factura que tendrá que pagar la próxima generación.
La edad mediana de los mexicanos llegó a 31.9 años y la proporción de niños pequeños continúa reduciéndose, mientras aumenta el peso de los adultos mayores; detrás de este dato hay una transformación económica ya que durante las próximas décadas habrá proporcionalmente menos personas incorporándose al mercado laboral y más que necesitarán pensiones, atención médica y cuidados durante una etapa cada vez más larga de su vida.
El bono demográfico fue una circunstancia favorable que México tuvo durante décadas y que podía convertirse en crecimiento si esa enorme cantidad de personas en edad productiva encontraba educación, empleo formal, buenos salarios y condiciones para ahorrar pero esto no ocurrió de manera suficiente y una parte importante de esa población terminó en la informalidad, en empleos de baja productividad o fuera del mercado laboral, particularmente las mujeres, y ahora el país enfrenta el cambio demográfico con una oportunidad que ya no tiene la misma amplitud.
La Encuesta Intercensal 2025 muestra hasta dónde ha avanzado esa transformación, e índice de envejecimiento llegó a 68.2, de modo que por cada cien menores de 15 años hay alrededor de 68 personas de 60 años o más por supuesto que México todavía está lejos de ser una sociedad predominantemente vieja, pero ya no puede pensarse como aquel país en el que las nuevas generaciones eran siempre mucho más numerosas que las anteriores.
Durante buena parte del siglo pasado el reto consistía en atender a una población infantil y juvenil que crecía rápidamente, construir escuelas, generar empleos y ampliar la infraestructura para una sociedad cada vez más grande. Ahora habrá que hacer espacio también para una población que vivirá más años después de su etapa laboral, con las consecuencias que eso tendrá sobre las pensiones, los hospitales, los medicamentos, la vivienda, el transporte y algo que todavía recibe poca atención: ¿quién cuidará a las personas que lleguen a edades avanzadas y ya no puedan valerse por sí mismas?
El asunto tampoco consiste en lamentar que los mexicanos tengan menos hijos o en imaginar que existe alguna fórmula para devolver al país a la estructura demográfica de hace cuarenta años. Las familias están tomando decisiones distintas y la sociedad está cambiando. Ahora el reto para el Estado y para la economía es otro: prepararse para un país en el que cada generación que llegue al mercado laboral será proporcionalmente menor y tendrá que sostener, directa o indirectamente, a una población mayor que vivirá más tiempo y pondrá a prueba los sistemas de pensiones existentes.
Todavía hay margen para responder. México conserva una enorme población en edades productivas y tiene una posibilidad que no debería desperdiciar: aumentar la participación laboral de las mujeres, mejorar la calidad de los empleos, elevar la productividad y conseguir que una mayor parte de quienes trabajan pueda construir una protección económica para su vejez. Pero eso requiere algo más que programas aislados, porque el cambio demográfico atraviesa prácticamente todas las decisiones económicas del país.
Los datos de la encuesta nos están diciendo que México está entrando en una etapa en la que el crecimiento económico ya no podrá descansar tanto en tener cada año más trabajadores disponibles. Tendremos que conseguir que cada trabajador produzca más, que más personas puedan trabajar formalmente y que quienes lleguen a la vejez no dependan exclusivamente de un sistema público que también tendrá que atender a una población cada vez más numerosa.
El bono demográfico no desaparece de golpe; se va estrechando mientras el país sigue funcionando como si esa ventaja fuera permanente y pareciera que poco se está haciendo para atender ese futuro que pronto nos va a alcanzar. Ese es quizá el dato que deberíamos mirar con mayor atención: México todavía tiene tiempo para aprovechar lo que queda de esa etapa, pero ya no tiene la misma cantidad de jóvenes que antes ni tendrá el mismo margen dentro de veinte o treinta años.
El país no se está haciendo viejo de repente, México se está haciendo cada vez viejo mientras seguimos tomando decisiones poco claras para atender el nuevo escenario.