Habitarnos

  • Criando Consciencia
  • Nadja Alicia Milena Ramírez Muñoz

Laguna /
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Unos pocos días antes que mi mamá dejara de poder comunicarse con el mundo, en sus penúltimas palabras, me pidió que por favor bajara de peso.

En su momento me reí porque me quedé en shock, un shock definido por el concepto de “mi mamá se está muriendo y lo último que va a decirme es que deje de ser gorda”. 

Spoiler: toda mi familia, TODA es gordofóbica y, como muchas familias latinas no pueden aguantarse las ganas de hablar de los cuerpos ajenos sea para “bien” o para “mal”.

Toda la vida me supe gorda, fea, negra e indeseable, gracias a los comentarios de la familia y a las comparaciones con mis primas de ojo azul y tez clara, con cuerpos distintos al mío.

Siendo adolescente, mi mamá me castigaba con ir a hacer pilates y spinning, porque sabía que odiaba sudar y hacer esfuerzos y yo me resentía terriblemente por ello.

Imagínense lo que sentí cuando mi mamá en su lecho de muerte me hacía prometerle que bajaría de peso. 

Una traición absoluta. Un pacto indeseado, una madre gordofóbica hasta el final.

Mi mamá murió hace dos años. Hace seis meses noté que me dolían los tobillos y los talones al caminar y que ya no podía llevar a mis hijos al parque a jugar. 

Entonces, por fin, amparándome en “mi mamá lo hubiera querido así”, me fui a hacer estudios carísimos que había postergado desde hace años y me fui a ver a dos especialistas. 

El resultado: Obesidad tipo 3, resistencia a la insulina por los cielos y más de 50kg por encima.

Sigo creyendo varias cosas:

1. Todos los tipos de cuerpo son validos y merecen existir en placer

2. Nadie debería hablar sobre el cuerpo de otras personas

3. La obesidad no es el resultado de una mala alimentación, sino de un sistema que promueve el abandono de nuestro cuerpo y de nuestra mente para alcanzar metas y que invisibiliza el trabajo y la carga de las mujeres.

Yo dejé de lactar hace 5 años apenas. Mientras mi cuerpo estaba al servicio de mis hijos era más delgado, más ágil y funcional. Apenas dejaron de aferrarse al pecho, apenas dejé de ser útil para crear leche, dejé de mirarme en el espejo. 

El resultado aproximado fueron 10kg por año. Años de no mirar por mi bienestar emocional y físico y las consecuencias del abandono de mi propio hogar.

Estoy en dieta y ejercicio para regular mis niveles de resistencia a la insulina y salir de la obesidad tipo 3. 

Cada que voy con mi nutrióloga, que es un sol, me avergüenzo de mí misma al ver mis logros, porque, ¿qué tan feminista es medir mi éxito por kilos menos?

No sé, hay muchas cosas que debo analizar al respecto, pero mientras tanto me aferro al hecho de que lo mas feminista que puedo hacer en esta situación por y para mí misma es no juzgarme por llegar a obesidad tipo 3. Sobreviví. 

Vivo sobreviviendo en un sistema que me quiere esclava y todos esos años mi única recompensa era la comida agradable y placentera, así que no me culpabilizo por llegar a este punto. 

Al contrario, ahora me felicito por hacer lo posible por revertirlo, con todo y lo que aún tengo en contra.

Mujer, si sigues en modo supervivencia, recuerda que tienes derecho al placer y a habitarte con amor y respeto. Que nadie te diga lo contrario.

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