Cada vez que el Real Madrid tropieza, el discurso aparece casi intacto, como una liturgia aprendida de memoria: los árbitros, LaLiga, la UEFA, las filtraciones, la prensa, el antimadridismo, los intereses oscuros. Todos responsables. Todos culpables. Todos sospechosos.
Todos, menos él. Florentino Pérez convierte cada derrota en una conspiración.
Y no, esto no significa que todas sus denuncias sean falsas. Dijo Pérez “el mayor caso de corrupción de la historia del fútbol" El caso Negreira merece investigación seria. Las tensiones políticas dentro del futbol español son reales. Pero Florentino no sólo denuncia anomalías: construye alrededor de ellas una narrativa permanente de asedio.
Convocó a una Rueda de prensa en Valdebebas y antes de que siquiera el micrófono estuviera encendido, declaró tajante “ Lamento decirles que no voy a dimitir”. El verdadero tema aquí no es el arbitraje. Es el perfil psicológico del poder.
Florentino llegó por primera vez a la presidencia del Real Madrid en el año 2000. Renunció en 2006 tras una profunda crisis deportiva e institucional, y regresó en 2009. Desde entonces gobierna el club prácticamente sin oposición real. Más de dos décadas moldeando al Madrid a su imagen y semejanza.
Y eso importa muchísimo para entender lo que ocurre hoy. Porque mientras más tiempo permanece una persona en el poder, más difícil se vuelve separar la institución de su propia identidad.
Sin caer en diagnósticos baratos —porque nadie puede diagnosticar públicamente a una persona— sí existen patrones de liderazgo que Florentino proyecta constantemente. Uno de ellos es la externalización de la culpa: un mecanismo donde los errores rara vez nacen dentro de la propia estructura y casi siempre provienen de factores externos.
Cuando un líder lleva décadas construyendo una identidad basada en el control y la superioridad, aceptar errores propios deja de ser un ejercicio de autocrítica y se convierte en una amenaza directa contra su propia imagen. Y Florentino parece funcionar exactamente así.
El problema nunca es únicamente que el Madrid juegue mal. El problema es quién conspira contra el Madrid. Quién filtra. Quién habla. Quién rompe el relato. Quién lo saca de balance.
Lo curioso es que ésta no es la primera vez que el madridismo vive algo parecido bajo su mandato. Porque Florentino también ha sido protagonista de varias de las crisis más tóxicas, traumáticas y divisivas del club moderno.
La era de los “Galácticos” terminó convertida en un vestidor roto por egos gigantescos, guerras internas y una desconexión brutal con la realidad competitiva. Ahí explotaron conflictos con figuras como Zinedine Zidane; David Beckham, Ronaldo y, sobre todo, la salida de Makélélé probablemente la decisión más simbólica del florentinismo: sacrificar equilibrio futbolístico por glamour corporativo.
En 2006 terminó renunciando tras reconocer que había “malcriado” a los jugadores. Una frase que, en realidad, era también una confesión involuntaria de su estilo de liderazgo: estructuras donde el poder se concentra arriba mientras el vestidor termina viviendo entre privilegios, silencios y jerarquías intocables.
Luego vino otra bomba: la guerra silenciosa contra Cristiano Ronaldo. El jugador más importante de la historia reciente del club terminó sintiéndose poco protegido y emocionalmente desgastado dentro de la institución. Y aunque públicamente nunca hubo una ruptura escandalosa, alrededor del madridismo quedó flotando una sensación incómoda: Florentino tolera mal cualquier figura que pueda competir simbólicamente con el poder presidencial.
Después llegó el episodio de la Superliga Europea, quizá el retrato más puro de su personalidad dirigente.
Florentino se colocó como líder mesiánico de un proyecto que pretendía “salvar al futbol” mientras medio planeta le gritaba que estaba destruyendo su esencia. Ahí apareció otra característica clásica de ciertos liderazgos hipercontroladores: la convicción absoluta de que su visión está por encima de cualquier resistencia emocional, cultural o social.
Y aun así, incluso en medio del rechazo global, nunca se presentó como alguien equivocado.
Se presenta como alguien INCOMPRENDIDO.
Porque ése es quizá el núcleo psicológico de Florentino Pérez: no parece verse a sí mismo como un dirigente que se equivoca, sino como un hombre brillante constantemente obstaculizado por gente incapaz de entender su grandeza o sus planes.
Hay algo casi literario en ello. Como ocurre en algunas grandes tragedias sobre el poder, el personaje más peligroso no es el monstruo evidente, sino el líder seductor, brillante y convencido de que jamás podría estar equivocado. El que transforma cada caída en persecución y cada crítica en traición.
Algo de eso habita también en Florentino. No desde la caricatura fácil ni desde el insulto simplón, sino desde ese viejo arquetipo del poder herido que necesita enemigos para sostenerse emocionalmente.
Porque el verdadero problema de ciertos liderazgos no es la soberbia. Es la incapacidad de imaginar que pueden estar equivocados. “Me da vergüenza decir que me han elegido como el mejor presidente de la historia del fútbol, pero lo han hecho. ¿Por no ganar al Barcelona el otro día ya nos quieren matar?” Enfatizó.
Hay otro rasgo muy visible: la mentalidad de asedio. Muchos liderazgos poderosos necesitan fabricar enemigos constantes porque el enemigo cohesiona emocionalmente al grupo. Une. Radicaliza. Protege. Hace que el aficionado deje de mirar hacia adentro y empiece a mirar hacia afuera.
Es una estrategia emocional brillantísima: siempre es más fácil indignarse que reflexionar.
Y quizá por eso resulta tan curioso ver al club más poderoso del planeta hablando constantemente como si fuera una víctima perseguida.
Ahí aparece otra característica típica de ciertos liderazgos hipercontroladores: la necesidad obsesiva de controlar el relato. Por eso las filtraciones parecen irritarle más que las derrotas. Porque perder un partido puede repararse; perder el control narrativo no.
En Florentino hay algo profundamente corporativo: la idea de que la percepción pública debe administrarse casi con precisión quirúrgica. Y cuando la narrativa se fractura, aparece inmediatamente la confrontación.
También existe un rasgo muy asociado a ciertos liderazgos narcisistas —y no, “narcisista” no como insulto de redes sociales, sino como concepto de liderazgo—: la dificultad para separar la institución de uno mismo.
Y a veces escuchándolo hablar, pareciera que cuestionar a Florentino equivale automáticamente a traicionar al madridismo. “Que vengan, los estoy esperando. La gente me quiere a mí, por eso salgo hoy a hablar, porque no puedo permitir esto. Después de tantos años, se meten conmigo y se meten con el Real Madrid”. Declaró frente a los medios el martes. Ese es el punto donde el dirigente deja de ser simplemente presidente y comienza a convertirse en símbolo. Y quizá lo más revelador de todo no es el contenido de sus declaraciones, sino el patrón.
Porque no es la primera vez que ocurre. Cada vez que el Real Madrid atraviesa una crisis deportiva importante bajo el mandato de Florentino Pérez, el presidente termina ocupando los titulares europeos no por asumir responsabilidades, sino por instalar una narrativa de victimismo institucional.
Pasó tras el derrumbe de los Galácticos.
Pasó durante las guerras internas del vestidor. Pasó con la Superliga. Y vuelve a pasar ahora.
El mecanismo es casi idéntico: el fracaso deportivo rápidamente se transforma en una batalla política, arbitral o mediática donde el Madrid aparece como víctima de fuerzas externas.
Y ahí hay una pregunta incómoda:
¿en qué momento Florentino Pérez se hace realmente responsable? Porque al final del día no es un espectador. No es un analista. No es un aficionado indignado en redes sociales.
Es el presidente del Real Madrid desde hace más de veinte años. El arquitecto del modelo a seguir, el hombre que controla la estructura, el dirigente que decide entrenadores, proyectos, fichajes y rumbo institucional.
Por eso resulta tan llamativo que, después de cada gran fracaso madridista, Florentino termine convirtiéndose nuevamente en protagonista, pero rara vez desde la autocrítica.
Siempre desde la confrontación. Como si aceptar errores internos fuera más peligroso que fabricar enemigos externos.
Florentino Pérez ha sido tan poderoso durante tanto tiempo, que hoy parece incapaz de aceptar algo que cualquier equipo de futbol debería aprender tarde o temprano. Que a veces no hay conspiración.
No hay enemigos. No hay persecución.
A veces simplemente el rival fue mejor.