Supe de la existencia de Luis Enrique Barragán Sánchez, el capo abatido esta madrugada y por quien Estados Unidos ofrecía 3 millones de dólares en recompensa, cuando me dijeron que había un lunar en la piel de México donde él gobernaba como si no existieran otros poderes. Me describieron a un monarca déspota y violento que dominaba cada aspecto de la vida cotidiana en uno de los 113 municipios de Michoacán llamado Los Reyes de Salgado, justo en la frontera con Jalisco.
También me dijeron que “R-5” es el alias que usan los medios de comunicación y el gabinete de seguridad para referirse a él, pero que en Michoacán todos lo conocen como “El Güicho”. Y que en ese municipio de 78 mil habitantes su sola mención provocaba una mezcla de terror e intimidación.
En Estados Unidos, “El Güicho de Los Reyes” era ubicado desde 2019 por la Oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional como un hábil traficante de fentanilo, metanfetaminas y heroína. Con el dinero que obtenía de esos movimientos compraba vehículos blindados, drones explosivos y fusiles de asalto calibre 50 para fortalecer a su organización criminal, el Cártel de los Reyes, uno de los pilares de Cárteles Unidos, la amalgama de delincuentes que pelea contra el Cártel Jalisco Nueva Generación.
En México, especialmente en Los Reyes, era conocido también como “El Señor de las Minas”, su arma predilecta. Contrataba mercenarios colombianos para que instalaran “minas quiebrapatas” en los caminos de su feudo por donde transitaban militares, policías y hasta colectivos de madres y padres que buscan a sus hijos. Cuentan que disfrutaba vigilar con drones esos campos minados y que reía a carcajadas cuando alguien explotaba. Exprimir el dolor ajeno era uno de sus pasatiempos.
También era renombrado por su capacidad para reclutar adolescentes y jóvenes. Compraba su voluntades y los sometía a extenuantes adiestramientos para convertirlos en sicarios que emboscaban a la Guardia Nacional, la policía estatal y municipal. A algunos, incluso, los quiso convertir en influencers, como al “Werko Kilos”, animándolos a abrir cuentas de Instagram para que contaran sus avances contra los leales a Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
“El Güicho”, me dijeron en 2022, era el rey de Los Reyes. Y como buen monarca, insinuaba que su reinado sería enterno. Presumía un entorno blindado por muchachos dispuestos a sacrificarse por él, un circuito de casas de seguridad impenetrables y, especialmente, la protección de políticos locales que debían sus carreras al dinero sucio que él les sumistraba para las campañas. En aquel entonces, el capo de 36 años se sentía tan indispensable para la vida en Michoacán como el aire y las montañas en las que se ocultaba.
Sin embargo, hoy —a los 40 años— el rey ha muerto. En la negrura de la madrugada, un grupo de élite de la Defensa Nacional, en conjunto con personal de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, ejecutó un operativo que contó con el apoyo de helicópteros de la Fuerza Aérea Mexicana. Los guardaespaldas del “Güicho” se activaron con los primeros movimientos y dispararon contra los militares para darle tiempo a su jefe de huir por enésima vez. No lo lograron y hoy el gobierno busca a un familiar del capo para entregarle el cuerpo.
Supe de la muerte de Luis Enrique Barragán Sánchez. Espero que sus víctimas encuentren algo de paz con la idea de que su reinado, por fin, se terminó.