El ritmo del progreso (parte tres)

Monterrey /
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Tras varios años de desarrollo tecnológico, la discusión ha orbitado en torno a cómo lograr introducir la inteligencia artificial (IA) en procesos productivos y dispositivos y aplicaciones electrónicas de todo tipo, pero donde la participación de la ética, entendida como saber que regula la praxis humana, ha sido modesta y discreta, por no decir mediocre.

La buena noticia es que mucho del desarrollo tecnológico en torno a la IA sigue siendo hechura humana, por ello, aunque llegue tarde, la ética tiene ante sí una oportunidad dorada para poner sobre la mesa las preguntas que permitan a sus desarrolladores cuestionarse sobre los fines, medios y efectos de la IA respecto a la mejora y permanencia futura de la especie humana y el planeta en que habita.

Si una de las funciones básicas de la ética es preguntarse sobre las mejores vías para que la vida concreta de personas, sociedades y el planeta florezca, ¿cuál es el fin que le da sentido al desarrollo acelerado de la IA?, ¿la rentabilidad que genera o nuestro mejoramiento como especie?

Si al momento la IA predominantemente es una creación humana, vale la pena preguntarnos sobre el rol de ésta en nuestro horizonte de perfeccionamiento y plenitud, y cuestionarnos si todos los desarrollos generados juegan a nuestro favor. Más aún, cabe preguntarse si hay garantías de ello en el futuro y si están a la vista las instancias responsables de hacerlas valer. Si las hay, ¿tienen claro el conjunto de riesgos que deberán prevenir e impedir? En caso de haber algún daño efectivo, ¿quién debe hacerse cargo?, ¿los usuarios, desarrolladores, empresas o gobiernos?, ¿las superinteligencias mejoradas?, ¿pueden?, ¿de qué forma? Si acaso pueden hacerlo, ¿ello significa que debemos considerarlas un agente libre y autónomo como son las personas?, ¿en qué sentido y medida los agentes de IA son verdaderamente autónomos?, ¿delegar una parte de nuestra capacidad de decisión no interfiere con la posibilidad de elegir lo que queremos para nuestra propia vida?, ¿tenemos la certeza de que lo que hoy facilita la IA no degrada las capacidades que requiere el ejercicio pleno de la libertad?, ¿y qué hay del desmoronamiento de la capacidad crítica, analítica, relacional, empatía y compasión?, ¿ese es el precio que hay que pagar?

A decir de los efectos que ya comenzamos a sentir, y los potenciales, ¿acaso no es un deber moral impostergable retirar nuestra demanda solvente de nuevos desarrollos tecnológicos de IA o debemos dejar que continúe el ritmo que dictan los actuales amos del mercado?


  • Pablo Ayala Enríquez
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