Chavela Vargas es un extraño personaje que rondó mi vida desde pequeña. No era la tía postiza, la visita incómoda y menos aún la advenediza. Siempre recordaré que fue mamá quien llevó a mi padre a escuchar a esa mujer que cantaba diferente; fueron al hotel Regis sobre la avenida Juárez.
El relato lo escuché en múltiples ocasiones. Los eternos retornos son otra cosa; ahora estoy convencida de que esa mujer no era solamente eso, cantante. Les llamamos estrellas, no es un error, lo son; no obstante, ella también era un asteroide, un planeta, tal vez hoy, ya sea una constelación. Paloma estará constelando con ella, mientras Urano contempla y escucha la desgarrada voz de Chavela.
Pedro Almodóvar, el “esposo” de Chavela —como ella lo llamaba—, eligió titular su más reciente película Amarga Navidad. Pienso que no es aleatorio; hay guiños y señales que se pueden rastrear. En su libro de relatos El último sueño, hay uno que lleva el mismo título e incluye unos versos de la canción que escribió mi padre. Además, en el largometraje aparece la voz de Chavela cantándola.
Sería mejor leer a Pedro, en el texto “Adiós, volcán” hay muchas referencias que honran a esos dos personajes, es decir a Chavela y a José Alfredo. Quizás también la canción de Joaquín Sabina “Por el bulevar de los sueños rotos” evoca la misma idea.
“…moja una lágrima antiguas fotos y una canción se burla del miedo. Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo…”.
Almodóvar comenta: “Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante”. Sin máscaras ni adornos.
Me pregunto: ¿qué sientes cuando escuchas la palabra amargo, a dónde te transporta? Es la lengua la que se inquieta y busca el sabor recorriendo la cavidad bucal para encontrar lo que no desea degustar o mejor, sí, para acabar de una vez de un solo golpe. Curioso verso que pretendía, contaba mi padre, iniciar un canto dedicado a un boxeador y terminó siendo otra canción de despecho y desamor.
“...¿por qué quieres matarme poco a poco? si va llegar el día que me abandones, prefiero corazón, que sea esta noche…”.
Almodóvar se apropia de los espacios exigiendo al espectador algo más que atención: siente, palpa, saborea, huele, escucha… exigiendo no dejar de mirar porque la misé en abîme te llevará cuesta abajo. La literatura es el contexto que mueve al director hacia diferentes planos. Color, diseño y textura acompañan cada escena, cada encuadre. He visto películas de Pedro desde finales de los años 80, sin embargo, no me atrevería a escribir una crítica, aunque no niego que sí me habría gustado ser una chica Almodovar.
“Diciembre me gustó pa’ que te vayas, que sea tu cruel adiós mi Navidad. No quiero comenzar el año nuevo con este mismo amor que me hace tanto mal…”.
Almodóvar afirma: “Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre. Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos. [Chavela] Se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara. Como espectador era una experiencia que me desbordaba: uno no está acostumbrado a que te pongan un espejo tan cerca de los ojos, el desgarro con tirón final literalmente me desgarraba”.
Hacía tan suyas las canciones que llegaba a deconstruirlas a su propio antojo. En la película sientes que se va demasiado rápido el tiempo que dura la canción; es tan solo un fragmento, pero se queda ahí como un eco, insistiendo.
Chavela se impuso con su talento y logró lo que solamente había conseguido mi madrina Lola Beltrán: cantar en el Olympia de París y en el Palacio de Bellas Artes en el entonces Distrito Federal.
Dejaré fluir el relato de Pedro: “Aquella noche, la de Bellas Artes del D.F., también tuve el privilegio de presentarla. Chavela había alcanzado otro de sus sueños y fuimos a celebrarlo y a compartirlo con la persona que más lo merecía, José Alfredo Jiménez, en el bar Tenampa de la plaza Garibaldi. Sentados debajo de uno de los murales dedicados al inconmensurable José Alfredo bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella no, sólo bebió agua aunque al día siguiente los diarios locales titulaban en su portada “Chavela vuelve al trago”). Cantamos hasta el delirio; sobre todo cantó Chavela, con uno de los mariachis que alquilamos para la ocasión. Era la primera vez que la escuchábamos acompañada por la formación original y típica de las rancheras. Y fue un milagro, de los tantos que he vivido a su lado”.
“Y ya después, que pasen muchas cosas, que estés arrepentida, que tengas mucho miedo; vas a saber que aquello que dejaste fue lo que más quisiste, pero ya no hay remedio…”.
“Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo. ‘El último trago’ fue aquella noche un delicioso himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta”.
Creo que para ella la línea que divide no existe, sabe diluirla, la borra para celebrar siempre. Recuerdo la fuerza de su presencia la noche que murió mi padre; Chavela llegó escoltada por un trío y con una botella, probablemente de tequila, para cantarle a su amigo y acompañar a mi madre en su duelo. Cantó, lloró y bebió hasta el amanecer. Gracias, Chavela; gracias, Pedro, por este homenaje a José Alfredo en el año de su centenario.
Abrazo por tu cumpleaños, Pedro.