Ha aparecido una discusión importante entre los eruditos homéricos: ¿está o no presente la xenía griega en La Odisea de Nolan? La xenía era una costumbre religiosa griega que, como muchas otras, regulaba la vida política de una sociedad. Obedecía al mandato de Zeus de acoger al extranjero desconocido que llegaba a las puertas de una casa pidiendo ayuda.
Aquellos que no respetaban esta costumbre, eran los bárbaros: en La Odisea homérica, los cíclopes no respetan la xenía, lo cual les coloca fuera del mundo civilizado griego. De manera contrastante, la última civilización a la cual llega a Odiseo como un solitario náufrago, deshecho y sin ropa, es la sociedad de los feacios, la cual no aparece en la película. Esta sociedad es el ejemplo más fuerte de la xenía griega; de ahí la mencionada discusión.
La xenía aparece en Nolan como la “ley de Zeus”, aunque lamentablemente no aparece su mejor ejemplo: cuando Odiseo llega a las tierras feacias. En ese pasaje, Nausícaa, hija del rey, lo encuentra náufrago, desnudo y exhausto, y lo auxilia sin conocer su nombre. Más tarde es recibido en el palacio, en donde se le baña, se le da de comer y se le brinda un lecho para descansar. Al día siguiente el rey Alcínoo lo presenta ante la asamblea aclarando que ignora quién es aquel extranjero y, aun así, dispone que sea conducido de regreso a su patria, como lo ha pedido, y que reciba los regalos que todo extranjero debe recibir.
Poco después, durante el banquete, Alcínoo advierte que Odiseo llora al escuchar al trovador cantar la guerra de Troya y eso le lleva a preguntarle quién es, de dónde viene y cuál es su ciudad. Entonces –al comienzo del canto IX– el extranjero revela su identidad: «Soy Odiseo, hijo de Laertes». A partir de ahí, narra en primera persona lo que hoy conocemos como La Odisea. De modo que durante todo un día, los feacios cumplieron con la xenía sin saber siquiera el nombre de su huésped.
Esa xenía homérica me ha llevado a pensar en uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: las migraciones. En La Odisea, la obligación de hospitalidad precede a la identificación. Hoy el orden es el inverso: a quien llega se le exige identificarse y dar a conocer el lugar del cual llega, la razón por la que llega y el tiempo que piensa permanecer en el país.
Con justa razón podemos decir que hoy se trata de un problema económico, político y de sobrepoblación. Aunque en Las Suplicantes de Esquilo el problema también lo es: no llega un extranjero, sino un grupo que huye y pide protección en Argos. Acoger a ese grupo puede tener consecuencias políticas negativas para toda la ciudad, por lo que la hospitalidad se convierte en un problema. Aun así, Argos acoge a ese grupo.
La xenofobia, el miedo al extranjero, ha crecido considerablemente desde aquellos días en que se creía que el extranjero podía, incluso, ser un dios. De Homero a Esquilo, y de Esquilo hasta nosotros, la xenía no es más que un recuerdo imposible de convertir en realidad. Pero sí podemos al menos preguntarnos qué le debemos al ser humano que llega desprotegido.
Hoy en día, con la sobrepoblación mundial y los problemas que aquejan al mundo en su totalidad, la xenía se torna simplemente imposible. Pero tal vez esa xenía, pueda hacernos pensar en nuestras obligaciones hacia el migrante.