Réquiem por el silencio

Ciudad de México /
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Para Ricardo Horneffer


El silencio –dice Luis Villoro en su ensayo “La significación del silencio”– siempre comunica algo. De hecho, existen experiencias que el lenguaje discursivo no puede expresar, experiencias que sólo el silencio logra transmitir.

Sin silencio, no hay lenguaje. Toda forma de expresión conlleva silencios: la música, la poesía, la literatura y el habla cotidiana no serían comprensibles sin el silencio. Es como el telón de fondo en donde actúan las palabras, los sonidos, las sensaciones.

Sin embargo, si algo ha desaparecido en nuestra sociedad, es el silencio. No importa a donde vayamos: el espacio auditivo se encuentra invadido. ¿Será que existe una especie de miedo al silencio? Es como si tuviéramos la necesidad de “rellenar” el tiempo y el espacio de ruido, para continuar viviendo en la superficialidad en donde nada se escucha, porque sin silencio, el mundo se convierte en un lugar ruidoso y mudo.

El silencio es necesario para pensar, al igual que lo es para la introspección y para sentir el mundo con profundidad. No se puede pensar cuándo no elegimos que escuchar, cuando la escucha se vuelve imposición. ¿Será acaso que eso es lo que tememos: pensar, sentir? Inundamos nuestras vidas de ruido precisamente para evitarlo: para vivir anestesiados. Como si nuestra propia compañía fuera insoportable, como si el silencio fuera simplemente aburrido y como si el aburrimiento, no pudiera llevarnos a la creatividad, sino al mero tedio.

Debemos de preguntarnos si no al perder el silencio, estamos perdiendo la posibilidad de una cierta forma de habitar el mundo. ¿Dónde queda el espacio y el tiempo para la contemplación de un paisaje, para la reflexión de una idea o simplemente para disfrutar? Porque el silencio puede ser una forma de plenitud, una forma de disfrutar la propia compañía, de recordar, imaginar y experimentar el paso del tiempo.

Podríamos pensar que esto sucede en particular en las grandes ciudades, pero lamentablemente no es así. En nuestro México, también los pueblos están invadidos por el constante ruido de diferentes tipos de música, altavoces y demás formas de invadir el espacio acústico del individuo. Y quizá deba disculparme por decir “en nuestro México”, pero he estado en otros países en los que, al ingresar a un café, no hay música: hay personas platicando. Me ha tocado recorrer pueblos de otras latitudes en los que incluso en los bares, se llega escuchar el conjunto de voces platicando, riendo, y si acaso una música muy lejana: no estruendos ni ruido.

Hace apenas unos días, al salir de la Facultad de Filosofía y Letras –supuestamente, el lugar donde se cobija el pensamiento– escuché una música estruendosa que taladraba los oídos. Eran tres estudiantes platicando a gritos con su aparato de música a todo volumen. Cualquiera se siente con el derecho de invadir el espacio acústico de los demás: como si el espacio acústico fuera inexistente.

El ruido es una imposición éticamente reprobable: el espacio acústico, también es un espacio común, y como tal, debería ser respetado.

Invadir el espacio ajeno, es arrebatar a los demás la posibilidad de habitar el mundo a su manera.


  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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