La prudencia

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El diccionario académico nos da tres acepciones de la prudencia. Primero, de una manera un tanto genérica, nos menciona tres cualidades como para que con ellas podamos identificarla: templanza, cautela y moderación. Básicamente nos pone en el camino de considerar la prudencia como lo que caracteriza a quien posee control de sí mismo, que se cuida de los riesgos y modera sus acciones.

La segunda acepción nos dice que la prudencia es sensatez y buen juicio, con lo cual a mi parecer se acerca más a la virtud que queremos entender, pero no menciona a qué tipo de objeto se refiere el juicio con que la describe. En la tercera acepción se indica que en el cristianismo la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales y que “consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello”.

En realidad ya antes del cristianismo Aristóteles había hablado de la prudencia en este último sentido mencionado, o de modo semejante a los estoicos y, en general, otros filósofos, con sus propias perspectivas. Es cierto, con todo, que en el cristianismo el tema de las virtudes, incluida la prudencia, quedó integrado en la catequesis. En el siglo XIII Tomás de Aquino la estudió en su “Summa Theologiae” y nos dejó una interesante síntesis, de interés para todos.

Para el aquinate la prudencia es una virtud de la razón práctica que proporciona los criterios para la acción buena. También es virtud moral porque supone la rectitud de la voluntad. La prudencia dispone para alcanzar un fin bueno y establecer el equilibrio entre el exceso y el defecto en el obrar humano. Pero la prudencia no es algo que se refiera solamente al bien privado, sino que se extiende al bien público del que forma parte. Por eso puede hablarse de prudencia de gobierno, de prudencia cívica, de prudencia doméstica e, incluso, de prudencia militar.

La prudencia necesita la memoria de la experiencia y la comprensión de los principios del buen obrar y de lo que se deriva de ellos. El prudente aprovecha las enseñanzas de los sabios y sabe encontrar los medios adecuados, toma decisiones razonables, sabe obrar con cautela y prever las consecuencias, además de coordinar los medios según las circunstancias.

Necesitamos sin duda gobernantes prudentes para que realmente caminemos hacia el bien común, pero los ciudadanos también deben ser prudentes porque tienen una participación en lo público. Se necesita igualmente prudencia para llevar los asuntos de la casa y para conducirnos cada uno por los caminos de la vida.


  • Pedro Miguel Funes Díaz
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